El Calambre
El Calambre cuenta la historia de Rosendo, un joven que despierta con un dolor insoportable en la pierna.
Mientras el sufrimiento aumenta, una extraña pesadilla y el recuerdo de un misterioso muñeco adquirido en un tianguis lo llevan a cuestionar si enfrenta un simple malestar o una presencia sobrenatural.
Escritor Invitado: José Manuel Reyna. (AKA: El Rosalio).
Participa en Literatura Libre: Autores Invitados.
Instagram: @elrosalio_
Rosendo dormía intranquilo, una pesadilla lo atormentaba. En ella se veía solo, en medio de un llano, rodeado de oscuridad. Lo único que percibía era viento, que aullaba, en remolinos trenzando la tierra. Un bulto con forma de hombre surgió entre las tinieblas. La figura sombría se acercaba a Rosendo, avanzaba más rápido de lo que sus movimientos aparentaban. El viento apretaba al joven como si lo quisiera atornillar a la oscuridad. Se forzó a despertar, cargó el gran peso de su cuerpo dormido y se incorporó. Exhaló. Un sudor grueso cubrió su frente. Intentó pensar en la pesadilla, pero un picor lo bajó a su pierna izquierda, apretó su pantorrilla y gritó:
—¡Un calambre!
La noche estaba llena de estrellas, solitaria, faltaban ojos para verla. En la orilla de la ciudad, las pocas personas que moraban ahí estaban en sus casas, dormidas. Los únicos en vela eran los perros, que vagaban por las calles de tierra. El brillo tenue de la media luna llenaba todo el terreno alrededor del cuarto de ladrillo, el resto, entraba por la ventana, destrozado por las ramas del manzano. Los pedazos de la luz se repartían dentro del cuarto, donde cabía toda la vida de Rosendo, que seguía retorciéndose debajo de las sábanas, como si lo estuvieran quemando. Se sentó. El sudor le caía desde la frente hasta el pecho en gotas gordas como lágrimas. Vio a su padre, en el pasado, sobándose la pierna y caminando “Así se quita un calambre. Fíjate bien, y deja de llorar.”
Intentó ponerse de pie. Dejó caer sin cuidado el cuerpo arriba de la pierna acalambrada, tambaleó; pero se mantuvo erguido apoyado en la silla de su escritorio. “Un hombre debe valerse por sí mismo y no estar de arrimado”. Otra vez la voz de su padre habló desde el recuerdo. Rosendo miraba al frente. Al interior de un marco dorado que colgaba de la pared, intentaba perderse del sufrimiento en la fotografía de una joven de rasgos suaves. La respiración corría acelerada por su garganta. Empezó a caminar. Al tercer paso sintió que los músculos de su pierna mordían el hueso, como si quisieran romperlo. Cayó al suelo secamente. Gritó desesperado. Los gritos se quedaron cerca de la calle masticados por los ladridos de los perros.
Entre lágrimas, tocó con la punta de los dedos un surco donde debería estar el músculo de su pantorrilla. “Se lo comió el hueso”, pensó. El hoyo era tan pronunciado que su mano se perdía, hundida hasta el centro de la pierna. Cerró sus ojos fuertemente, buscando un alivio en sí mismo. Aquel llano arremolinado de sus pesadillas volvió junto con el ser sombrío. Ahora que la sombra lo acechaba más cerca, le encontró un parecido, la reconoció en algo.
“Se parece al muñeco. ¿El Santo enredado? ¿Dijo enredado? Sí, dijo.”
Abrió sus ojos, el cuarto le pareció diminuto. Por un instante la tortura agarró un ritmo soportable, se volvió costumbre. Dio oportunidad a Rosendo de respirar. Usó ese momento de aparente tregua para llenarse de pensamientos: lo primero que se incrustó en su mente fue el ser de su pesadilla, que lo seguía entre los remolinos, se le formo un miedo; enseguida recordó un muñeco de trapo que había visto en venta ese mismo domingo, por la mañana; y al final a la anciana del tianguis, que con sonrisa desdentada decía:
—Es el Santo enredado.

Era un muñeco de trapo, rayado con símbolos rojos, relleno de arena, lo recordó en su mano, negro, con la cabeza alargada caída entre los dedos. Tenía las extremidades amarradas como trenzas y todas ellas giraban sobre sí mismas en espiral.
—Veintitrés pesos, barato. Ya quiero que se lo lleven —dijo la anciana.
—¿Para qué quisiera esto? —preguntó Rosendo.
La anciana caminó hacia él, tintineando, cargada de dijes de todos los santos y todas las religiones. Con sus dedos arrugados tomó la pierna del muñeco y la giró, apretó los nudos. Como de burla agregó:
—Es para la buena suerte.
Apenas terminó la frase cuando a Rosendo lo lastimó un pinchazo, algo había atravesado su piel. Dejó caer el muñeco. Una gota de sangre llenó la primera coyuntura del dedo hasta escurrirle en un hilo rojo. Desde arriba, Rosendo vio un brillo en la cabeza del muñeco, una aguja sobresalía del Santo enredado. La anciana se disculpó, era fanática de coser y perder agujas por igual.
—Es la edad —dijo.
Ahora en esta noche, el dedo había perdido rastro de alguna marca, aunque al tacto aún dolía. El joven maldijo por haber ido esa mañana al tianguis, se lamentaba, quizás ese pinchazo lo contagió alguna enfermedad extraña. Reprochó a su padre, que lo hubiera mandado el domingo, su único día libre por una crema para el dolor de pies. ¿Y su dolor qué? Trabajar tanto, pagar dos rentas, cuidar de su padre y ahora ese sufrimiento insoportable. “Por culpa de mi padre perdí a Rocío.”, pensó. Echó una mirada al cuadro dorado donde habitaba la fotografía de Rocío, su recuerdo.

Un fuerte espasmo tensó la pierna por completo haciendo que se estirara, como si quisiera caminar de puntas sobre el aire. Con ambas manos recibió sus gritos, arrastró los dedos hasta la barbilla jalando las comisuras de su boca. Quiso pensar en algo que lo ayudara con ese martirio; solo pudo pensar en su padre, eso lo amargó.
Un viento inundó la madrugada azotando la casa, dentro, en medio del cuarto, hundido en un insoportable malestar yacía Rosendo. Alzó su vista al escritorio donde estaba su celular. “Llamaré a emergencias”. Intentó arrastrarse, pero la pierna se quedó estática como un ancla hecha de palpitaciones. Fue inútil. Cansado, cerró los ojos. De nuevo lo invadió la pesadilla, la silueta que se retorcía en la oscuridad se empalmó perfecto con la forma del muñeco. Era grande, sus extremidades eran las de cualquier ser humano; pero todas hechas de vísceras. Cada una giraba y se batía sobre sí mismas, como si fuera un manojo de tripas anudadas. El cuerpo de la criatura se despedazaba a giros, empapando a la tierra y el viento con un fluido negro parecido a la sangre.
Sintió que la criatura nudosa lo miraba, pero fue un decir, porque el ser horripilante carecía de facciones. Su cabeza era un cono formado por tentáculos, que giraban hasta desbordarse todo arriba. El viento de afuera arañaba la ventana y la puerta como si tuviera garras.
—¿Qué quieres? Yo no te he hecho ningún mal —suplicó Rosendo, en la pesadilla.
El Santo enredado no respondió, como si las palabras de aquel hombre se hubieran ido arrastradas por el viento.

Su conciencia regresó a la habitación. El dolor del calambre se sobreponía a la sorpresa de que la pesadilla le llegara despierto. Imaginó que el monstruo había salido de la pesadilla, porque creyó escucharlo desbaratar las paredes. El tormento continuó. Apretó sus ojos. “Es un calambre que se
extendió de más, es solo eso”, se explicó.
En la oscuridad de sus párpados vio al ser repugnante destrozando su pierna. Un crujido rebotó por las cuatro paredes haciendo eco. Rosendo dio un alarido que se mezcló con los llantos de los perros que parecían sufrir con él.
El pie giró una vuelta completa, como si fuera la manecilla de un reloj; y siguió girando, los dobleces llegaron a la rodilla y continuaron hasta terminar de anudarse arriba del muslo. La sangre corría entre los pliegues de piel que quedaban a cada giro. La pierna se había vuelto como un trapo exprimido de carne y nervios. Entre desmayos, Rosendo miraba el churro torcido que era su pierna, flotando en la laguna de sangre como una rama seca, y en la inconciencia miraba al horrible adefesio, arrebatándole el brazo y llenándolo de nudos hasta el codo.
Poco después comenzó un picor en su antebrazo, que rápidamente se convirtió en lamento incontrolable. En lo oscuro de la habitación daba la impresión de que el brazo fuera una raíz podrida.
Rosendo sintió que robaron su voz, porque el grito que desgarró su garganta no lo oyó. Buscó el cuadro dorado, quiso ver algo hermoso, pero la maldición no lo dejó. “Viví miserable” pensó.
Al amanecer del tercer día el padre de Rosendo abrió la puerta, un olor nauseabundo se quedó como segunda puerta, deteniéndolo. Desde el manzano, la luz entraba en trozos pequeños que se columpiaban entre el polvo y las moscas.
Para el padre de Rosendo, aquel día, quedaría marcado hasta su muerte. Cuando cerraba los ojos veía el cadáver: alargado, como hecho de alambre, oxidado, torcido hasta los intestinos sobre un charco rojo en la alfombra.
Sin embargo, lo que no lo dejaba vivir era la cabeza de su hijo, había perdido el frente. Los ojos se colocaron donde deberían estar las orejas, y las orejas, junto con la nariz y la boca, se desparramaban sobre el cráneo deformado.
Al final, como un grano estallado, el cerebro salpicó la pared, manchando la fotografía de Rocío, que miraba a la nada, al vacío, donde ahora estaba Rosendo.
