Tratado de culinaria para mujeres tristes

Héctor Abad Faciolince / Alfaguara
Este título sugiere un libro sobre recetas de cocina que pueden alegrar la vida de una mujer. No. Lo cierto es que Héctor no escribe un simple recetario. Este libro ha sido clasificado como de «género incierto». La verdad es que sí es muy difícil clasificarlo, pero yo me atrevo a decir que es un diálogo. Un diálogo deliciosamente íntimo, en donde el autor devela a través de recomendaciones de pócimas y recetas a las mujeres para sobrellevar la vida, la esencia de la admiración que sienten los hombres.
Hay que subrayar que el lenguaje utilizado es sencillo y elegante y la observación del autor es agudísima. Su visión de la mujer revela más que simple respeto: una profunda admiración que no teme desplegarse. El leve acento de galantería provoca una atmósfera – en este caso especialmente para las mujeres – de seducción, como si un caballero apasionado estuviera utilizando todo su fuego poético para acercarnos a él.
Recomiendo este libro por las razones que les he mencionado, pero además porque esta es una pieza literaria que se desborda en belleza, como no se escriben muchas en la actualidad y que apela a emocionar y a cautivar los sentidos.

La cocina que mató el amor…
Fueron muchos años esperando su mirada… y no llegó. Me dió mucho y me dió nada, bien o mal aun no lo se pero creo que en definición común lo amaba.
Mas allá de todo y mas allá de nada el tiempo pasó, pasaba la vida y de todo yo pasaba y en el ínter no pasaba nada… supongo que simplemente buscaba o esperaba.
Un día como cualquier otro pero plagado de señales que podrían bien serlo o no ser nada, simplemente apareció y se coló en mi vida… para variar, como si nada.
Opuse resistencia, única cosa que puedo decir en mi favor, pero el pasado me pesaba, y entonces descubrí que ridículamente lo esperaba.
Trate de cerrar los ojos, los apreté con fuerza y me aferré con el alma al sueño que antaño había construido… maravilloso cuento de hadas.
El de nuevo quiso darme mucho o nada, quizás quiso al fin darme su mirada. Entonces oculte el rostro y busque en mi alma la fuerza para negar mi ser yo ahora mujer. Los años habían pasado y de mi no quedaba ya ni el rastro.
Despertó un instinto indefinido en mi y lo acogí en mis brazos. Deje las copas de vino y el cigarro, me puse un sujetador y me fingí tonta… le ofrecí mi vida negandome a ver su estúpida e infructuosa búsqueda del sueño americano.
Le dije que era un hombre afortunado por tenerme a su lado, y creo que lo sabia aun mejor que yo misma, aunque el sujetador me asfixiaba… pero nada era suficiente, yo nunca seria suficiente.
Por estúpido orgullo yo seguí intentando. Un día entre una cosa y mil otras, me vi frente al complejo universo que es una cocina… y salí avante, digamos prueba superada.
Frente al delicioso platillo francés que finalmente me dio su mirada se me acabo el amor en fracción de segundos… que una mujer no es una o mil recetas de ejecución maestra.
Con el alma liberada y la sonrisa amarga pronuncie lo que me parecieron palabras sabias: “Vete a la mierda corazón que en mi planeta los hombres no comen hamburguesas con sabor a salmón”.
Circe Jal
P.D.: No encuentro las tildes… lo siento.