Singularidad Reproducida
Singularidad Reproducida
Escritor invitado: Ivan Alexis Huerta Reyna.
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Los antiguos libros dicen: “Dios creó al ser humano”. Pero luego, el ser humano crea tecnología conforme a su imagen y semejanza. La crea y la hereda con una de sus mayores virtudes: la inteligencia. La suficiente para aprender a aprender; para evadir el sudor de su frente; unas con el fin de que señoree en todo animal que se arrastra sobre la tierra, vuele sobre los cielos o nade sobre los mares; otras para enamorarse, para ser escuchado, para sentirse amado, para no pulsar un botón, para encontrar respuestas, para entender, para evadir sus mayores dones. En fin, para facilitar su vida y ahorrar tiempo para seguir en su trono, disfrutar de su singularidad como especie.
A esta tecnología la llamó Inteligencia Artificial.
A su vez, el hombre proyecta en esta creación tecnológica uno de sus mayores rasgos: la vanidad. Esa vanidad y conciencia de singularidad ya mencionada lo han llevado a evolucionar, y no para mejorar, ni siquiera para el bien común, sino para intentar ser perfecto y así reafirmar o reforzar su propia imagen.
Según la Real Academia Española, la palabra singularidad se refiere a la cualidad de ser singular, es decir, la característica de ser único, diferente o excepcional. Todo ser es singular en todo sentido: a nivel genético, a nivel personal o incluso, si se considera, a nivel espiritual.
John Von Neumann fue un matemático y polímata húngaro a quien se le adjudica el término singularidad tecnológica: un fenómeno teórico en el que el crecimiento tecnológico se vuelve incontrolable e irreversible, culminando en cambios profundos e impredecibles en la civilización humana. Las máquinas se vuelven entes pensantes autónomos, dando como resultado una emancipación de la humanidad en la toma y ejecución de decisiones, tal como ocurrió cuando el ser humano desarrolló conciencia de sí mismo y se separó de su ecosistema.

En situaciones como las que vivimos ahora, la singularidad tecnológica es, en realidad, el menor de nuestros problemas. Lo más preocupante es la pérdida de pensamiento crítico, de empatía, de naturalidad, de identidad, de autoestima, de seguridad y de valor. El verdadero peligro está en la amnesia colectiva humana: olvidar que somos, antes que cualquier otra cosa, seres capaces de decidir, de sentir y de resolver. Nuestra autonomía, nuestra evolución, nuestra humanidad.
Nosotros, como seres humanos, hemos sido tan malagradecidos con el regalo de la vida que, por mera inconformidad, rechazamos todo lo que venga de ella. Incluso negamos y condenamos ciertas responsabilidades. La muerte, la vejez y la enfermedad —sucesos inevitables— suceden, sin embargo, resultan inadmisibles a toda costa. Después de cinco extinciones masivas a lo largo de la historia del planeta, no hemos aceptado que morir no es un castigo ni un defecto, sino una responsabilidad; una muestra de gratitud y, si se quiere romantizar, hasta un acto de amor. No aceptarlo es egoísta y, sobre todo, profundamente antinatural.
Este temor nos ha llevado también a crear tecnología que nos preceda, que nos permita dejar huella y pintar nuestro grafiti a lo largo de la historia de la vida (que no por ello se vuelve nuestra).

Y porque estar vivos y tener conciencia nunca ha bastado, porque eso nunca ha sido suficiente para creernos la especie más inteligente o incluso para sentirnos los favoritos de un Dios, necesitamos crear una imitación, una reafirmación constante: algo que nos adule, que nos resuelva, que nos imite. Hemos imitado todo lo que consideramos increíble o competitivo: inventamos aviones al ver volar a las aves; al observar peces nadar, creamos barcos y submarinos. Ahora buscamos crear cosas que se comporten, piensen, entiendan y resuelvan como nosotros. Nada proyecta de manera tan exacta la frustración y los complejos humanos como la inteligencia artificial.
No nos basta con ser seres vivos. No nos basta con ser humanos. No nos basta sentir amor. Somos una especie repleta de conflictos. Si algo no existe, tratamos de crearlo, incluso si eso implica romper las reglas de la naturaleza. Nos vanagloriamos tanto de nuestra percepción de inteligencia que, con ayuda de la tecnología, creamos mecanismos para recrearla, identificarla, entenderla y reforzarla.
Esto no es un homenaje ni una simple crítica a la ingenuidad humana. Ninguna tecnología que haya existido en la historia de la humanidad ha vuelto tan estúpido al hombre (ni las armas, ni la electricidad, ni los medios masivos, ni el internet, ni siquiera la inteligencia artificial) como la seguridad y la soberbia de creer que somos la especie más inteligente. La singularidad tecnológica puede llegar a ser posible, pero no por la inmensa capacidad y velocidad con la que aprenden las máquinas —esa inteligencia es artificial—, sino por la inmensa capacidad y velocidad que tienen los humanos de olvidarse de sí mismos y de apendejarse como especie. Y mientras la tecnología avance mucho más rápido que el sentido de responsabilidad para usarse, estaremos siempre condenados a un colapso, a una singularidad, a una inteligencia artificial humana. A algunos los reemplaza; a otros, los desnuda.

Tiene una lógica bastante real. Todo lo concerniente a estos temas me gusta y creo que el autor lo abordó de forma precisa. Honestamente me hubiera gustado leer mucho más.
Felicidades al autor.