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La imposibilidad metafísica de los terremotos

terremoto

¿Qué ocurre en la conciencia después de un terremoto? Hasta la fecha no he sabido de ningún experimento para la lectura de las ondas neurológicas que dibujan el espectro de emociones que produce el movimiento de las placas tectónicas. Reconozco, porque lo he vivido (siempre regreso a la edad de nueve años, cuando por primera vez lo experimenté, y la sensación de “novedad” que me causó; nadie me había explicado que eso ocurre a veces con el suelo que piso), ese suspenso espaciotemporal que se suscita durante el sismo. Cuerpo y mente no perciben estos movimientos, y son constantes, pero es cuando llegan a cierto grado que el radar sensorial se activa. Y creo que activa muchas más cosas que el simple despertar de conciencia posterior al hecho. Cuando ocurre, todo es silencio, y posibles risas nerviosas; minutos después, hay una náusea existencial, la que sucede después de todo accidente. Posteriormente, también, cuando el fenómeno se convierte en suceso, en “evento,” lo que por un lado genera un sentimiento de solidaridad y reconocimiento moral de la desgracia ajena, al mismo tiempo produce morbo, rumor, mito, cuento.

Lo siento, la naturaleza no nos está diciendo nada. Está siendo lo que es.

Me llama la atención cómo se van formando estos relatos, cómo opera el mito popular. Al parecer, éste se circunscribe entre dos planos: en el primero, se activan todas esas nociones catastrofistas que reiteran el estado de nuestro futuro como humanidad, repleto de señales, signos, símbolos de lo que se viene; y en el segundo, se activan todas esas actitudes en pro y en contra de lo que la naturaleza dicta. La naturaleza (siempre vista como “sabia” o incluso “aleccionadora”) es en realidad la cosa más arbitraria, lúdica y temperamental con lo que ha lidiado la humanidad desde el principio. No obstante, nuestra relación con la naturaleza (¿ella?, ¿él?), es una relación de descodificación: lo que anuncia el viento, lo que anuncian las nubes, lo que anuncia un día soleado, las estaciones de la luna, todos estos signos forman parte de esa comunicación sensible que tenemos con el mundo. No obstante, me disculpo ante todos esos amantes de la naturaleza que pretenden “escucharla.” Lo siento, la naturaleza no nos está diciendo nada. Está siendo lo que es.

Lo que pasa es que siempre hemos querido comprender la naturaleza desde ese “afuera” que llamamos ciencia y desde un orden simbólico que le profiere a los fenómenos naturales una cuota de “mensajes divinos.” Queremos averiguar “qué significan” sus acciones, cuando nuestro sentido común, muy alejado de nosotros en estos menesteres, también nos dicta que la naturaleza no tiene conciencia, no escribe su historia igual que nosotros. John Cage lo entendió hace mucho: la naturaleza opera al azar. No tiene control sobre lo que hace, ni mucho menos por las consecuencias de sus actos.

La naturaleza es como un niño con síndrome de Asperger, rigiéndose por caprichos efímeros que no sabe controlar.

No obstante, estos actos de la naturaleza recaen sobre nosotros, lo que construimos, lo que edificamos, los sitios de nuestra convivencia y bienestar. Y en este sentido, las catástrofes señalan una suerte de “stop” al flujo de las cosas. Pero las cosas, desgraciadamente, siempre vuelven a su lugar. Los terremotos, los tsunamis, las grandes catástrofes que han ocurrido en los últimos cinco años alrededor del mundo (que no son únicas, no son particulares de nuestro tiempo, aunque así queramos verlo), sirven para verificar la irresolución de nuestro más grande pendiente: el reconocimiento de que jamás podremos comprender el mundo en que vivimos.

Pero lo que más me interesa, y lo que más sugiero que pensemos, es el romance detrás de los terremotos. Y por romance me refiero a toda la espiritualidad irredenta que desea otorgarle más peso a nuestra siempre endeble humanidad. Es cierto que este tipo de fenómenos de la naturaleza nos dirigen casi instintivamente a señalamientos y proclamas simbólicas del fin. Es cierto que entramos en modalidad de moralistas pasivos y pensamos un poco en nuestras circunstancias (la transitoriedad del tiempo, alguno que otro pecado que aún no podemos expulsar de la conciencia), pero también es cierto que los terremotos nos dirigen hacia el carácter irresoluto de la justicia. La naturaleza no es justa, no piensa en esos términos, no otorga vientos huracanados a unos y paisajes idílicos sacados de un screen saver a otros; cuando sucede, sucede, no se predetermina a sí misma para llevar a cabo el fenómeno, y en ese sentido, todos los miembros de una sociedad viven la experiencia del fenómeno por igual (algunos con mayores comodidades que otros, sí, pero esto no quiere decir que el fulanito de la esquina haya sentido un terremoto de manera primordialmente distinta a la de un funcionario público o una señora cuarentona que acababa de salir del spinning). Por lo tanto, si lo vemos desde cierta perspectiva, justicia y romance son la misma cosa, en el sentido de que ambas se alimentan del deseo de que las cosas sean como deben ser, aunque sea un anhelo que no puede refrendarse.

La naturaleza es como un niño con síndrome de Asperger, rigiéndose por caprichos efímeros que no sabe controlar.

Hay un relato de Heinrich Von Kleist titulado “El terremoto en Chile,” situado en Santiago en 1647. Josefa, una joven monja Carmelita, condenada a muerte por quedar embarazada fuera del matrimonio, está a punto de ser decapitada. Al otro lado de la ciudad, su amante, Jerónimo Rugera, se prepara para colgarse en la prisión donde ha sido encarcelado. Justo cuando las campanas que anuncian su inminente ejecución comienzan a repicar, el pueblo es azotado por un gigantesco terremoto.* El pilar que Jerónimo utilizaría para colgarse se convierte en su soporte, y escapa justo cuando el edificio se colapsa a su alrededor. Su amada, salvada por el mismo “milagro celestial,” lo encuentra en el campo, donde los damnificados de la ciudad se refugiaron. Los mismos pobladores que anteriormente se habían reunido para ver la ejecución de Josefa ahora daban la bienvenida al par de amantes con cariño y compasión. Y ellos se preguntan, “¿acaso este pasado reciente sólo fue una mala pesadilla?” El terremoto parece haber servido como una suerte de juez que borra las previas distinciones de clase y de piedad:

Y aunque todos los bienes terrenales se destruían en aquellos odiosos instantes y la naturaleza entera amenazaba desplomarse, en verdad parecía que el espíritu humano, tal una bella flor, volviera a renacer.

En los campos hasta donde llegaba la mirada veíanse hombres de toda condición, príncipes y mendigos, damas y campesinas, funcionarios y jornaleros, monjes y monjas, ayudándose unos a otros y compadeciéndose, comportándose entre sí, con alegría quien había salido con vida, como si la desgracia general los hubiera agrupado en una gran familia […]Referíanse casos de acciones heroicas: hombres que apenas eran tomados en cuenta por la sociedad habían realizado hechos de romanos, ejemplos sin par de coraje, de total desdén por el peligro, de abnegación y de entrega maravillosa, de inmediato sacrificio de la vida como si poco o nada valiera, y poco después se volviera a encontrar.

Pero no todo resulta ser miel sobre hojuelas, y estos amantes no los vemos dirigirse al horizonte, tomados de las manos, circulados por los rayos de un sol, en señal de amor eterno. Cuando Josefa y Jerónimo van a la iglesia con sus nuevos amigos, quedan estupefactos cuando escuchan al sacerdote denunciar la corrupción moral que trajo el terremoto a la ciudad, refiriéndose a ellos dos como culpables. Josefa y Jerónimo son identificados por la gente de la multitud –Jerónimo por su propio padre—y son asesinados.

Con esto, Kleist nos sugiere que no basta un terremoto para desgarrar el tejido social. Los edificios podrán derrumbarse, pero las estructuras sociales están fijadas con mayor firmeza. Las casas podrán desmoronarse, pero el refugio donde se guardan los temores en torno al mundo son impávidos ante tales sucesos; no importa cuán ennoblecidos seamos por las catástrofes que ocurren a nuestro alrededor, jamás podrán despertar una conciencia mayor que la que el miedo infunda en nosotros. No hace mucho escuché a un político conservador estadounidense declarar que la catástrofe en Haití fue el resultado de siglos de decadencia moral y religiosa, y que Dios, al parecer, los estaba castigando.

Pero estas construcciones fundadas en el miedo no son las únicas. En el otro lado del espectro, los teóricos de la conspiración también generan sus discursos. Programas secretos, artefactos tecnológicos productores de sismos, datos no necesariamente sólidos que señalan las artimañas de un imperio que oprime a los países amenazando con oprimir un botón. El desarrollo de estas teorías no es menos absurdo y no menos culpable que las de aquellos que indican el carácter divino de estos fenómenos. En este sentido, Dios e Imperio son la misma cosa. ¿Será?

Catástrofes como los terremotos traen consigo un juego de relaciones igualmente irresolutas con la naturaleza; es imposible metaforizar, es imposible encontrar una verdad metafísica en los terremotos, en los tsunamis, en los huracanes, en un ciclón que barre las casas y que detectamos sus espirales en la sección del clima de las noticias. Decidimos atribuir a estos sucesos un dejo de señalamiento, son la escena del pacto que tenemos con un orden divino, viejos artilugios de una humanidad obsesionada con santos y señas que dirijan nuestro camino, nuestro sentido; al dotar un terremoto de significado, al desear que signifique algo que realmente no es más que la manifestación azarosa de la naturaleza, de un mundo en perpetua transformación (con o sin nosotros, con o sin nuestras aportaciones al cambio climatológico), sacamos a relucir lo peor de la humanidad: nuestra incapacidad para comprendernos en este mundo.

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