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	<title>Literatura Libre &#187; Textos inéditos</title>
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	<description>literatura y proyectos editoriales</description>
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		<title>Visitas</title>
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		<pubDate>Fri, 11 Dec 2009 00:06:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriel Velázquez Toledo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Textos inéditos]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[antes publicado en El liróforo

Sigilosa asomó una antena. Observó un panorama alentador, una bestia enajenada tendida en un sofá. Cínicamente dejó su guarida. Torció  en vertical por la tabla del librero y atravesó, una vez en el piso, a toda velocidad a la cocina.
Su osadía me dejó anonadado, pues le ví relajadamente bajar de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="referenciar">antes publicado en <strong><a href="http://elliroforo.blogspot.com/2009/08/visitas.html" target="_blank">El liróforo</a></strong></div>
<p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-2355 aligncenter" title="cucaracha" src="http://www.literaturalibre.com/wp-content/uploads/2009/12/cucaracha.jpg" alt="cucaracha" /></p>
<p style="text-align: justify;">Sigilosa asomó una antena. Observó un panorama alentador, una bestia enajenada tendida en un sofá. Cínicamente dejó su guarida. Torció  en vertical por la tabla del librero y atravesó, una vez en el piso, a toda velocidad a la cocina.</p>
<p>Su osadía me dejó anonadado, pues le ví relajadamente bajar de mi librero. Todo el tiempo fui observado y atentado en la higiene, mientras me ocupaba en vanalidades. Sin perder de vista el camino tomado, recorrí la pared con cautela hasta llegar a la cocina. La tomé infraganti, mientras se regocijaba en los restos de una torta en la estufa ¿cómo diablos llegó hasta ahí tan rápidamente?</p>
<p>Tomé  una lata vacía de cerveza del suelo y, en un momento de dignidad y orgullo, dirigí mi puntería hasta donde se encontraba la invasora. No era de permitirse que se burlara. Sin pensarlo, lancé el misil “Superior”. Rompí un vaso de cristal que a su vez se estrelló con el resto de trastes del lavabo, generando un ruido estruendoso.</p>
<p>El atentado fue un rotundo fracaso que cubrió la retirada del animalejo. Cuando levanté el desastre, simplemente se había esfumado.</p>
<p>Las noches siguientes fueron de vela. Revisé cada uno de los rincones del librero  y muebles adyacentes a la sala, sin tener ningún  éxito. ¡No era posible que pudiera desaparecer en un lugar tan pequeño!</p>
<p>Cuando las cosas volvieron a lo normal, sin insectos, relajé mis costumbres y volví al ocio. No sé si los infomerciales baratos convirtieron mi primer miedo en una obsesión, que me acompañaba en pesadillas de un hombre convirtiéndose en un repugnante insecto.</p>
<p>Una semana después, entre ensueños, me encontró en el mismo sofá de la primera noche. Esta vez veía fijamente hacia mí, retadora. Subió por el retrato familiar del librero y se posó directamente en la sonrisa desencajada de mamá ¿Era acaso alguna especie de desafío?</p>
<p>No perdí tiempo, mientras resbalaba a toda prisa en vertical al piso, me quité un zapato, aventándolo en su contra. Mi maldita puntería, ingrata testigo de mi infancia aburrida de videojuegos, hizo que derribara los libros y portaretratos, desaprovechándole la pista.</p>
<p>Cansado de querer ser un cazador frustrado, la busqué furiosamente, encontrándola arrinconada en una pata de la mesa. Tomé el zapato que aún calzaba y fui tras ellas. Me pareció tomarla por sorpresa, cuando desde arriba, lancé un satisfactorio golpe para aplastarla. Al levantar mi improvisada arma, no encontré nada ¿Cómo podía escabullirse?</p>
<p>Utilicé  lo que de coordinación motriz, dignamente, me quedaba para ubicar al enemigo. Girando torpemente sobre mi eje, en una actitud tribilinesca, sujeté la pared y logré verla escondida en una rendija debajo de la estufa.</p>
<p>Al presentir mis movimientos huyó despavorida a través de cuanto obstáculo encontró. Traté de detener su huida con escandalosos golpes errados, mientras la vi escabullirse debajo del refrigerador.</p>
<p>Como no era algo para sentirse orgulloso, utilicé todas mis fuerzas para vengarme. Traté en vano de mover el enorme aparato, pero todo fue inútil. Cambié de estrategia. Tomé el resto de las botanas de la fiesta y las puse en medio de la cocina. Apagué la luz y replegado en la pared con un matamoscas, esperé paciente.</p>
<p>Cuando se acercó, su actitud era aún de desconfianza. Medía el terreno acercándose un poco y alejándose otro tanto. Su método le daba ventaja para calcular una huída. Cuando estuvo al alcance del matamoscas, hubo algo que me detuvo ¡Un segundo bicho asomaba de debajo de la licuadora! ¿Cómo demonios había llegado hasta ahí? Con el cinismo de la primera, recorrió el trecho que le separaba del festín. Verles actuar de forma tan descarada me llenó de furia. Eran astutas y capaces de reconocer peligros en el ambiente. Avancé lentamente hacia ellas. Justo a un paso les vi huir a toda prisa sin dar tiempo a nada.</p>
<p>Me pareció estúpido alimentar al enemigo, recogí la trampa fallida, tomé una escoba como arma y la agité debajo del refrigerador con la intención de aplastarlas. Una de las cucarachas salió disparada, la fulminé con la escoba dando de golpes como loco, una, dos, tres, cuatro. Era un asesino bañado en el éxtasis de exterminar la amenaza. Cuando apenas quedaba una cáscara volví en mí y pude dejarle en paz.</p>
<p>Al siguiente día, una llamada a la puerta me despertó. Era la dueña del edificio que llevaba una lata de insecticida, algunos empleados, vestidos completamente de blanco, la seguían.</p>
<p>─Los vecinos llamaron; con la pena pero tengo que pedirle que desaloje su espacio por unos días, en los departamentos hay una plaga de cucarachas, fumigaron las bodegas de a lado y es necesario una fumigación completa. También me pidieron que hablara con usted de que están hartos de sus sonidos extraños que hace por la noche.</p>
<p>─Todos tenemos manías- le dije</p>
<p>─A los vecinos no les importa  contestó─ en un par de días todo volverá a estar como antes.</p>
<p>Vi con horror la escena de esa mujer vengando las afrentas hechas contra sus inquilinos. Los hombres entraron con mascarillas y tras verme salir, rociaron por completo con sus bombas de veneno sobre mi casa. Me sentí desdichado. Era un insecticidio.</p>
<p>Cuando me permitieron volver a casa, descubrí decenas de diminutas cascarillas adornando patas pa´arriba la cocina y la sala. Algunas aún se retorcían en su agonía y un extraño olor inundaba el ambiente. No volvería a atormentarme con sueños de hombres-insecto ni antenas parsioniosas. Para eso eran suficientes con los infomerciales.</p>
<div class="photoinfo">foto: <strong><a href="http://www.flickr.com/photos/scragz/146627812/" target="_blank">Giant roach closeup</a></strong> de <a title="Link to scragz's photostream" rel="dc:creator cc:attributionURL" href="http://www.flickr.com/photos/scragz/"><strong>scragz</strong></a></div>

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		<title>Cuarenta grados en otoño</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Oct 2009 23:49:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>monchie horror</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros y autores]]></category>
		<category><![CDATA[frontera]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>
		<category><![CDATA[reseñas galacticas]]></category>
		<category><![CDATA[Textos inéditos]]></category>

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Escribir sobre la frontera en estos tiempos puede constituir un riesgo, si se toma en cuenta que cada década se pone de moda, más o menos por estas fechas. Caer en lugares comunes conlleva el riesgo de reafirmar estereotipos y exaltar la figura exótica del “fronterizo”. La frontera no se debe pensar sólo por los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="size-medium wp-image-2247 alignright" title="cuarenta-grados" src="http://www.literaturalibre.com/wp-content/uploads/2009/10/cuarenta-grados-181x300.jpg" alt="cuarenta-grados" width="181" height="300" /></p>
<p>Escribir sobre la frontera en estos tiempos puede constituir un riesgo, si se toma en cuenta que cada década se pone de moda, más o menos por estas fechas. Caer en lugares comunes conlleva el riesgo de reafirmar estereotipos y exaltar la figura exótica del “fronterizo”. La frontera no se debe pensar sólo por los límites geográficos, una frontera es una división simbólica, un punto de encuentro y de separación, fuente de mezclas pero también arraigo de fundamentalismos.</p>
<p>Personalmente, yo nunca he vivido las historias de la frontera con Estados Unidos que cuentan Los tigres del norte, mi realidad, como la de muchos jóvenes de clase media de mi generación esta marcada por la televisión, los videojuegos y la Internet. Sin embargo existo dentro de esta maraña que se considera como frontera norte, construida por los medios y por los mitos populares, y por el empeño de algunos tijuanenses en querer bautizar a este punto como una nación aparte.</p>
<p>Durante las últimas décadas he visto como se ha fabricado una mitología de lo que “es Mexicali”, existen grupos de rescate de la historia, una infinidad de testimonios de los llamados “fundadores”, todas estas historias en relación con la frontera, tratando de delimitar y definir una identidad propia. Se trata de la búsqueda de distinguirse del centro, de México, de Estados Unidos, de los indígenas, de los chinos, de los migrantes, de los vagos, de los otros.</p>
<p>Sin embargo, para mi realidad común ese mundo es algo lejano, ya que soy un joven inmerso en la cultura de masas: mexicano, occidental, de clase media, heterosexual. Que gusta de los medios de comunicación, la globalización, el capitalismo, la posmodernidad, el caos, el ruido de la ciudad y los restaurantes de comida rápida, la literatura, el cine, y la música.<br />
Soy descreído y desencantado, un outsider funcional, como un camaleón  de posibilidades en el mundo social.</p>
<p>Esto no significa que ese otro mundo no exista. Existe, y me doy cuenta de ello cuando veo el terror y la tristeza de las personas a mi alrededor, ya que realidad o mito, el arraigo por la violencia y la desesperanza fluye en las conversaciones diarias, con titulares en los diarios y espectaculares anuncios noticiosos, la “frontera de la violencia existe”, los muertos existen, también las prostitutas y los pimps, el pollero y los que buscan una mejor suerte: el viaje al norte.</p>
<p>El libro de Askari, cabe precisamente en este último rubro. En su paginas se muestra una visión sobre la transición migratoria, en su desencanto y sufrimiento, se cuenta una historia y varios relatos pequeños. La historia es el cuento americano, el viaje a un “mejor estilo de vida”.  El desenlace es siempre el mismo: el fracaso, la huida y finalmente, la resignación. Como dijo Allen Ginsberg alguna vez: América, te lo he dado todo y ahora no soy nada. Así, para Askari, el sueño americano (y nulo) nunca se realiza, se vive en la ensoñación, en la adicción de las ilusiones, en el escapismo y el otro sueño: el regreso.</p>
<p>En el regreso están los otros relatos, los personajes de Askari quieren fluir por la frontera, ir al norte (porque al norte del corazón está la felicidad), pero tienen siempre en mente el regreso a su lugar de origen, a México, a su ciudad, su pueblo, desean volver con su gente, con sus tradiciones, anhelan lo que han abandonado, sin embargo, es otro engaño de la mente, estos personajes difícilmente regresan, se quedan atrapados de un lado u otro de la frontera, en sus límites geográficos y mentales, se declaran en bancarrota de la vida.</p>
<p>Cuarenta Grados es el relato que da nombre al libro, y que logra captar la esencia de sus páginas. En éste se cuenta el recorrido de unos “viajantes” hacia Estados Unidos, un cruce ilegal por el desierto, la penuria del maltrato físico y psicológico, una caminata que no perdona, ante la incertidumbre del territorio inhóspito. Son cuarenta grados que recorren la tragedia, el espejismo es el mismo que les espera al final, que recorre sus mentes, que los mantiene en pie, que los aniquila.</p>
<p>En El cuerpo de Cristi se desdibuja con cierto humor negro el deambular de un sacerdote lascivo en el peregrinaje por la Tijuana más puta y fosilizada. Las calles son recintos de pureza cuando el semen recorre los dedos santificados. Pornotube y agua Kabbalah, cacahuates salados y bellezas maquilladas. Por fin un triunfo: prostitutas protestantes.</p>
<p>En La otra feria, dos niños cuyos padres se han ido al otro lado, imaginan ese otro mundo,  como un sitio anhelado, no es Jurassic Park, se parece más a Las aventuras de Tom Sawyer, pero sin churpias. Al lado del río, contemplando con inocencia, hay una angustia tenue, infantil, sin final.</p>
<p>En Hollywood Boulevard las estrellas son de hielo. Érika del Río quiere tener el glamour del cine camp estadounidense, imitando la vida, como puta fría actúa, se enamora de las visiones sin futuro, su vida es un drama, malo, predecible, y profundamente triste.</p>
<p>La Carretera 77 fluye entre trailers fugitivos. La otra mirada de Cuarenta Grados, otros viajantes queriendo traspasar la barrera imaginaria a una vida mejor, recluidos en un lugar inhóspito, transitan pesadillas de convivencia inútil, sentimientos pestilentes, olvido retrospectivo.</p>
<p>El último relato no existe.</p>
<p>Cuarenta Grados es un compilado de tristeza. Una road movie cuyo proceso debió ser doloroso. Palmas de ira. Un documental de ficción escrito con sangre. Askari devela su visión de la frontera, de un México y un Estados Unidos muy peculiares, pero sobre todo cuenta (relata) la vida de personas que se sienten cercanas y llenas de muerte, el desenlace es el fracaso, inevitablemente, ya que, si se me permite utilizar un arjonismo: si el norte fuera el sur, seriamos igual, o tal vez un poco peores.</p>
<blockquote><p>Libro: <strong>Cuarenta grados</strong> (Fondo Editorial Tierra Adentro)<br />
Autor: <strong>Askari Mateos</strong></p></blockquote>

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