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	<title>Literatura Libre &#187; cuento</title>
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	<description>literatura y proyectos editoriales</description>
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		<title>Solipsismo medicado</title>
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		<pubDate>Tue, 11 May 2010 23:36:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Claudia Solórzano H.</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-2865 aligncenter" title="Drug conffeti" src="http://www.literaturalibre.com/wp-content/uploads/2010/05/Drug-conffeti.jpg" alt="Drug conffeti" width="600" /></p>
<p>Mientras observa las paredes de su cuarto, Javier se pone a pensar en que nunca ha colgado un cuadro en su vida. La imágenes pictóricas le parecen aburridas, digno tributo a un pasado pequeñoburgués que cree olvidado, pero que siempre encuentra una forma de resurgir.  Las 3 am, siempre se despierta a la misma hora desde que tiene uso de razón, ya sea por mera costumbre o por los gritos que escuchaba de su padrastro, sólo que ahora en vez de que su madre lo consuele con un vaso de leche tibia y un cuento, se reconforta con otro tipo de tranquilizantes. Se aventura a la cocina arrastrando un pijama viejo de payasos que ahora le queda dos tallas más grande, camina taciturno por un pasillo ancho y largo dando pasos cortos pero rápidos. Empuja la puerta de la cocina y busca entre las puertas de la alacena un menú eficaz para sobrellevar la noche: se topa con su dios en ampolletas inyectables: Medazolam, 2ml. Busca más al fondo hasta que colecta Tafil 0.35 mg, Lexotán 5mg y el muy recomendado Valium 15mg. Examina entre los dedos se sus pies buscando un espacio propicio para la inyección, sin querer tira unas cuantas gotas sobre sus piernas, nota que el payaso que recibió un poco de Medazolam parece estar feliz. Toma la padecería de pastillas acompañado de un ligero trago de anís. Las ingiere una por una con la intención de caer tendido en la alfombra de su sala para no volver a despertar, esperando que alguien recuerde que vive ahí, descubra su cuerpo y se tome la molestia de darle un funeral digno. Hay muertos que no quieren morir, Javier es uno de ellos. Se deja caer hasta que se da cuenta que sigue vivo, se arrastra hacia la esquina de su  sala, tira de las persianas negras de su ventana sólo para ver que sigue siendo de noche. Su cóctel no rindió frutos. Se sienta en su sofá para observar la ciudad desde lo alto de su departamento ¿por qué no me tiro por el balcón? Ha de ser más fácil, todos pensarían que fue una muerte accidental, lástima que le tengo miedo a las alturas, un verdadero miedo.</p>
<p>Siente un cosquilleo en su brazo izquierdo, sus dedos se mueven al compás de unas sirenas que acaba de escuchar, su mano se mente entre sus pantalones y comienza a sobar su pene, está seco, escupe una amistosa cantidad de saliva para esparcirla sobre la cabeza, frota lenta y eficazmente. Intenta recordar algo para mantener la erección, quiere pensar en la vecina del 4to piso pero sólo se le vienen a la cabeza un par de perros que vio coger en la calle. Se asusta e intenta concentrarse, encima del tablero de ajedrez nota que hay una postal de Suecia, la adorna una hermosa mujer rubia que le recuerda a la monja de su primaria, la monjita Martina, siempre de buenas, la única mujer satisfecha de estar casada con Jesús y vivir una vida de castidad.  Se frota pensando en ella, imaginándose su figura tras un hábito pesado de poliéster setentero, en su mente es distinta a como la recordaba en su infancia, su cabellera rubia parece de fuego, quema a los perros que comparten la fantasía, manteniendo un gesto compasivo en su mirada. Le sonríe y dice al oído: Pecado. La ignora, ella sigue montándolo con los cadáveres humeantes a su costado. Huele a quemado, se detiene un momento para comprobar que no es en su casa, se asoma por la ventana para ver que una moto se estrelló justo frente a su edificio. Escucha un eco en su casa: una voz fría susurra entre gemidos pecado, pecado. Intenta ignorarla, se vuelve a acomodar en el sillón, en cuanto intenta tocar su pene nota que ya no está ahí  se levanta asustado, se pone a buscarlo frenéticamente por el suelo como si fuera desprendible. Te dije que era pecado, le recuerda la voz, el grita ¿Qué? Un coro de voces pequeñas repiten  en coro pecado, pecado. Los payasos saltan de su pijama, son grises con cabellera anaranjada y trajes opacos. Tienen colmillos brillantes que no tardan en encajarse en su carne, no dejan espacio sin lesión, quiere gritar más el mismo dolor no lo deja. Entre las sombras aparece su monja de cabellera flamígera, con el traje roído por las décadas, mostrando su vientre y un seno muerto que cuelga por mera costumbre de su pecho. Ella se acerca a purgarle de sus deslices, parece que va a darle un beso, abre su boca y lo invade con un aroma a azufre. Suena el despertador, Javier amanece en el suelo acostado encima de su brazo, intenta moverlo pero esta tan falto de sangre que no quiere responder. Se levanta soporífero y camina hacia la cocina, es de madrugada, el mundo parece despertar pero a él le vale un carajo. Empuja la puerta del la cocina y busca entre las puertas de la alacena un menú eficaz para sobrellevar el día: se topa con su dios en ampolletas inyectables: Medazolam, 4ml. Tafil 0.55 mg, Lexotán 8mg y el muy recomendado Valium 35mg. A ver si ahora no falla.</p>
<div class="photoinfo">foto: <a href="http://www.flickr.com/photos/melloveschallah/3376075807/" target="_blank"><strong>Drug confetti</strong></a> por <a title="Link to melloveschallah's photostream" rel="dc:creator cc:attributionURL" href="http://www.flickr.com/photos/melloveschallah/"><strong>melloveschallah</strong></a></div>

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		<title>Aniversario</title>
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		<pubDate>Sat, 08 May 2010 19:17:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón Gil Sánchez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Textos inéditos]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[antes publicado en Textos ocasionales.
Elisa Lázaro tiene la costumbre de interpretar las nubes. La ventana de su oficina da a un muro de cemento, a ella le gusta decir “a un muro desnudo”. El muro tapa algo más de la mitad de la ventana y es en el menos de la mitad donde ve el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class="referenciar">antes publicado en <a href="http://textosocasionales.blogspot.com/2009/10/aniversario.html" target="_blank">Textos ocasionales</a>.</div>
<p>Elisa Lázaro tiene la costumbre de interpretar las nubes. La ventana de su oficina da a un muro de cemento, a ella le gusta decir “a un muro desnudo”. El muro tapa algo más de la mitad de la ventana y es en el menos de la mitad donde ve el cielo y busca parecidos en las nubes. La mayoría de las veces las nubes no le sugieren nada, las ve como manchas blancas, grises, “nubes muertas” las llama Elisa. Sin embargo, a veces ocurre, y hoy es uno de esos días, que aparece la nube hecha para ser una vieja que imagina desdentada y con un sombrerito ridículo inclinado hacia la oreja izquierda; o si mira mejor le parece un violín que aunque roto deja escuchar una música suave que ella tararea; o si ladea la cabeza casi hasta tocar su hombro puede ver las caderas de una mujer. Todo esto lo ve cuando ya ha terminado el trabajo y sólo espera que llegue la hora de salir.</p>
<p>Hoy además de ser un día de nubes, de sombreros y violines, es el día de su cumpleaños. En la oficina el día ha sido normal, muy semejante a todos los días: revisó expedientes y convocatorias, escribió cartas que comunicaban plazos de alegaciones, e introdujó varios apuntes en la base de datos del ordenador. Así fue su trabajo esta mañana. Ahora espera y mira las formas en el cielo. Es un manto de nubes que se mantiene extrañamente quieto. Quiere ver algo más que celebre su día. Intenta imaginar una guirnalda o una vela encendida o un lazo, pero no lo logra. Hace varios años, no quiere saber cuántos, su compañera le regaló un camafeo de nácar y coral con una aguamarina malva. Esa compañera ya no trabaja en su departamento y la nueva no sabe que es su cumpleaños. Elisa prefiere que las cosas sean así. Le ha empezado a doler la cabeza, un dolor ligero pero continuo y está deseando llegar a casa y descansar. Ahora no está segura pero cree que por la tarde irá a la pastelería de la Plaza Vieja y tal vez pida un chocolate caliente o compre una bandeja de milhojas de crema y vuelva a casa donde atenderá a la televisión antes de dormirse.</p>
<p>Llega la hora de la salida y Elisa y su compañera recogen sus cosas y salen juntas. Ambas hacen lo posible por mantener una relación cordial pero su trato es frío y distante. Se despiden en la puerta del edificio. Elisa lleva puesto un abrigo de tela verde, no hace frío pero el abrigo lo soporta bien. Camina despacio, se para en un semáforo y una mujer se le acerca y le pide una limosna. La mujer viste un pantalón vaquero muy holgado y una sudadera azul con el número 43 bordado en blanco. Lleva una pañoleta también azul y blanca en la cabeza. “Sea buena”, le dice con la mano extendida, una mano sucia y con surcos muy profundos. Elisa ve su cara gastada, tiene dos cicatrices, una debajo del labio en forma de uve y otra en la mejilla derecha, grande y ancha. Los ojos de la mujer son pequeños y tienen el color de la miel, un mechón de pelo negro y lacio cae sobre ellos. “Sea buena”, repite. Elisa le da unas monedas y reanuda el camino. Busca una palabra que encuentra pero no dice. Lucha por apartar la tristeza que le pesa y le llega a los ojos. Sigue avanzando oyendo las palabras con las que la mujer pide limosna en el semáforo: “Sea buena”.</p>
<p>Cuando llega a casa se descalza y se tumba en la cama. “¿A quién iba a hacer yo daño?”, se pregunta. Recuerda que en la terapia que siguió al accidente uno de los que allí estaban dijo: “Nadie quiere estar solo”. Ella no hablaba en la terapia, le decían que al principio era normal, que se diese tiempo, que escuchase. Y Elisa escuchaba, pero después de aquella frase lo único que hacía era buscar la fuerza necesaria para decir: “Yo sí quiero estar sola”. Se miraba las marcas de las manos y se repetía: “Yo sí quiero estar sola”.</p>
<p>Permanece en la cama un tiempo, esperando que el dolor le pase. Coge una revista y lee unas frases de un reportaje sobre viajes. Se detiene en las fotografías de ciudades y paisajes lejanos. Le llama la atención una vista aérea de una isla tropical sobre una leyenda que dice: “Más fácil que imaginarlo. Ven”. Es una playa blanca, el mar es azul turquesa y se confunde con el cielo. Elisa escribe “¿Aquí?” en el cielo de la isla. Deja la revista, aprieta el dedo índice sobre la sien y se queda dormida.</p>
<p>Despierta abriendo los ojos de golpe. Soñó pero no recuerda el sueño. Tiene la boca seca, es tarde, el dolor es tenue, no tiene hambre y aún así decide acercarse a la pastelería. Se cambia de ropa: elige un traje de chaqueta morado, se pone unas botas negras, se arregla el pelo y se pinta los labios de un rosa leve. Coge un bolso también negro y en él guarda la revista. Por último se coloca el camafeo con la piedra malva. Al salir a la calle se ve reflejada en un escaparate y se arrepiente de haber elegido el traje morado.</p>
<p>En la pastelería sólo hay una hilera de mesas y todas están vacías. Va a la mesa del fondo. La dependienta la atiende en seguida. Pide un chocolate caliente, un vaso de agua y una milhoja de crema. Varias personas entran y hacen pedidos. Nadie se sienta a tomar algo. Saca la revista y la deja encima de la mesa. Le sirven el chocolate en una taza grande de porcelana amarilla, está espeso y muy caliente. La milhoja viene espolvoreada con canela y con un adorno de caramelo líquido. Le agrada mucho está forma de servir el pastel.</p>
<p>Ojea la revista y llega de nuevo al reportaje sobre los viajes. Cuando alza los ojos ve que un hombre y un niño se han sentado en la primera mesa. Los mira fijamente unos segundos y en su mente algo le dice “Basta”. Vuelve a mirar la revista e intenta no pensar en su marido y en su hijito. Le vencen los recuerdos, calcula que su hijo tendría ahora la edad de éste. Empieza a leer susurrando para escuchar su propia voz, ella cree que nadie la oye. Lee: “San Petersburgo es un lugar ideal para los amantes del ballet y la ópera. Existe la posibilidad de ir a uno de los teatros más famosos del mundo, el Teatro Marrinsky, antes llamado Kirov&#8230;”. Piensa en San Petersburgo y que le gustaría, en una noche de invierno, ir a la representación del ballet. Se lo imagina con todas sus fuerzas, repite el nombre “Marrinsky”, pero no logra borrar la imagen del hombre y el niño. Están los dos dándole la espalda. El hombre es grande, tiene algunas canas y está bien peinado, lleva una chaqueta de pana marrón y unos zapatos de piel; el niño una cazadora azul muy gastada y el pelo revuelto. Se ha descalzado y está sentado sobre una de sus piernas mientras balancea la otra rozando las zapatillas de tela, muy sucias y deshilachadas. Elisa se queda mirando las zapatillas. Entonces se alarma. Piensa que algo no está bien. Le asalta la idea de que el niño la muerte de ese niño es inminente.</p>
<p>Ve que les han servido dos tazas amarillas iguales a la suya. En un momento el hombre alza el brazo y pasa la mano por la cabeza del niño, agitándola levemente en un gesto cariñoso. El niño se ríe pero a ella le parece una risa forzada. Él ha dejado caer el brazo sobre el hombro del niño. La dependienta sale del mostrador y les lleva una bandeja de pasteles. Les dice algo que ella no puede oír. Le extraña que se dirija al niño que permanece agarrado por el brazo del hombre. “También sospecha”, piensa Elisa.</p>
<p>El dolor de cabeza vuelve a ser fuerte. Miles de alfileres se le clavan en el cerebro y caen atravesándolo. Cierra los ojos y con una mano presiona la mesa. Deja que caigan los alfileres, uno a uno, nombrando el dolor, deseando que llegué el último para poder moverse. En esos momentos el tiempo se detiene. El último alfiler le alcanza los ojos y cuando los abre no ve más que una oscuridad distinta y blanca. Pasa un tiempo hasta que puede distinguir las figuras. Ve la sombra de la dependienta que está detrás del mostrador. “Haz algo”, desea. “No son padre e hijo, no pueden serlo”, piensa las palabras como si se las estuviera diciendo a la dependienta y ella pudiera escucharlas. Espera que la dependienta diga algo pero esto no puede pasar y Elisa lo sabe. Entonces tiene un pensamiento que le causa vergüenza, un pensamiento rápido que imagina en diálogo con la dependienta: “Señora, es una buena acción. Se lo ha encontrado desvalido y lo ha invitado, eso es todo”. Las mejillas le arden. “Es eso, sí, seguro que es eso&#8230; perdona. Sí, una buena acción”. Se tranquiliza, las sombras se disuelven y sólo le queda un dolor en la frente que hace que las cosas sucedan con lentitud.</p>
<p>El hombre y el niño se levantan, el hombre es más grande de lo que imaginó en un principio. Se despiden de la dependienta y van hacia la puerta. En ese momento el niño se gira y la mira directamente. Tiene los ojos brillantes, los labios manchados de chocolate. Ella también lo mira, examina su pequeña cara y cree entender su mirada: “Sálvame”. El hombre le toca suavemente el brazo y le dice: “Vamos”. En la mente de Elisa se agolpan imágenes del niño gritando sin voz, atado, sin posibilidad de escapar. Son imágenes nítidas y precisas que la paralizan. Los dos salen y se pierden en la calle. Elisa permanece inmóvil. Dirige la vista al lugar que ocupaban y ve que las zapatillas siguen allí, debajo de la mesa.</p>
<p>Se lleva la mano a la frente, tartamudea sin decir nada. La dependienta se le acerca.</p>
<p style="padding-left: 30px;">–¿Quería algo? –pregunta<br />
–Va descalzo –responde Elisa muy despacio –. El niño va descalzo.<br />
–No entiendo.<br />
–El niño que estaba ahí –señala la mesa –va descalzo ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible? ¿No las ve, allí, las zapatillas? –y vuelve a señalar la mesa.<br />
–No sé, pero&#8230;–dice la dependienta alejándose –. No entiendo&#8230;</p>
<p>Se intenta levantar apoyándose en la mesa. Le falla la mano y desplaza la revista que cae al suelo abierta por la página en la que sobre el cielo azul está escrito</p>
<p>¿Aquí?</p>

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		<title>La ciudad antes del alba, de Imanol Caneyada</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Apr 2010 06:50:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nylsa Martínez Morón</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros y autores]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Imanol Caneyada]]></category>
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		<description><![CDATA[Hace algunos días, en un ejercicio de trabajo, estuve repasando ciertos textos de otros autores que tenemos bien identificados como: Carver, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, entre otros donde comparten su experiencia o su sentir, respecto al proceso creativo; lo que sí, lo que no y más que una lista de tips, son amables sugerencias [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace algunos días, en un ejercicio de trabajo, estuve repasando ciertos textos de otros autores que tenemos bien identificados como: Carver, Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa, entre otros donde comparten su experiencia o su sentir, respecto al proceso creativo; lo que <em>sí</em>, lo que <em>no</em> y más que una lista de <em>tips</em>, son amables sugerencias para que los noveles (como es mi caso),  nos evitemos uno que otro tropezón y que más allá de creer en la magia, la inspiración y todos santos que se le atribuyen al escritor,  nos enfoquemos en eso que hace que todas esas mentiras que contamos, no sólo parezcan verdad, sino que lo sean, es decir trabajar en <em>El Oficio</em>.</p>
<p>Hay algo que me encanta de la literatura, y en general de este género que es el cuento: eso que se que logra cuando, guiados por la artimaña de un escritor hábil, nos deslizamos a realidades que debieron ser escritas así, para beneficio y  gozo de todos, tal como lo dice Vargas Llosa en un texto: “… <em>La vida que las ficciones describen – sobre todo, las más logradas- no es nunca las que realmente vivieron quienes las inventaron, escribieron, leyeron y celebraron, sino la ficticia, la que debieron crear artificialmente porque no podrían vivirla en la realidad, y por ello se resignaron a vivirla sólo de la manera indirecta y subjetiva en que se vive esa otra vida: la de los sueños y las ficciones…” </em>Y esto va, a que en este libro se identifica de manera inmediata el oficio del escritor, más allá de estilos y etiquetas que puedan ubicar aquí o allá la naturaleza de los cuentos, tenemos 6 historias que le atan los tobillos al lector, que lo retienen bajo su consentimiento para presentarle escenas  que se amasaron con precisión,  y que concentran en su mayoría gran intensidad.</p>
<div id="attachment_2800" class="wp-caption alignright" style="width: 265px"><img class="size-full wp-image-2800" title="IMANOL_CANEYADA" src="http://www.literaturalibre.com/wp-content/uploads/2010/04/IMANOL_CANEYADA.jpg" alt="Imanol Caneyada" width="255" height="320" /><p class="wp-caption-text">Imanol Caneyada</p></div>
<p>Imanol nos da la oportunidad de visitar el circo de la vida, un espectáculo de esperpentos que visten, caminan y sudan como esperpentos. Nos abraza con una narrativa que nos hace respirar en calles que exudan inmundicia, alzarnos en un par de tacones, dormir en habitaciones sofocantes, portar un arma en nuestro pecho, y con ella, todas las ilusiones muertas. Estos espantajos están sembrados en las calles, en los recovecos de las ciudades, son seres atormentados que viven día a día hundidos en la sordidez. Así nos encontramos en su cuento <em>Saudade</em>, enmarcado en esa palabra de la cual carecemos en el español y que nos habla de la profunda melancolía, la dolorosa remembranza;  un refugio habitado por una mexicana flaca que le reza a la virgencita de Guadalupe, a un nicaragüense que quiso ser boxeador, dos lesbianas costarricenses y un exmilitar guatemalteco con pesadillas de indígenas descuartizados y niñas violadas en aldeas remotas.</p>
<p>Vamos a los largo de estos cuentos encontrando personajes  bestiales, que confrontan los temas universales de muerte, venganza, envidia,  incluso amor; pero todos ellos trastocados en una realidad que no los sobrepasa, sino que ellos se han ceñido a la realidad para hacerla aún más vulnerable, para inflingirla y construir estos submundos, esta <em>Ciudad antes del alba</em>, que pudiera ser una metáfora. Es decir antes ¿de qué? De las pérdidas, de los reencuentros, las ignominias; ¿antes de develar o caer en las trampas? Imanol nos sitúa en todos estos escenarios. No es una suerte la premiación de este trabajo,  es el reconocimiento de escenarios y planteamientos bien trazados por el autor.</p>
<p>Llama mi atención el uso del silencio en esta narrativa, es decir, sus personajes se concentran en actuar la mayor parte del tiempo, pero el narrador nombra el vacío a menudo, en frases como: <em>“… En esta casa el placer y la tristeza se deben al silencio… […]… no es una mujer, es un fantasma que desaparece dejando un enredo de silencios…[…] … y los silencios entorno a aquella mesa de campo dispuesta bajo las farolas de un patio andaluz, llenaban cada vez más los ruidos de la noche&#8230; […]… Nos pidió un silencio de basílica y el nosotros, en aquella boca de labios tenues, dio paso a un yo y a una historia que no nos pertenecía…”</em> Así que, intuyo que estos personajes actúan solos en el silencio,  y van con sus propias luchas sobreponiéndose a su misma bestialidad, guardando siempre proximidad con el lector. Esto es algo que me ha dejado muy complacida, el esmero en que estos seres permanecen humanos, Caneyada los conserva intacto su registro elemental, los convierte en reales y hace que valga la pena la lectura, al fin de cuentas,  sabemos que no me está contando algo que escribió, sino algo verdaderamente sucedió o que puede suceder.</p>
<p>Cuando asisto a una presentación, de manera inmediata y después de escuchar un corto (como es mi caso) o largo estudio de la obra presentada, me quedo con la interrogante y ¿De qué tratan estas historias?¿qué podemos encontrar? Bueno, les puedo comentar que  hablan de un lugar llamado <em>El Reencuentro</em>, un pasadizo escondido en la ciudad, de una chica de un Table Dance que habita en refugio cristiano, de una ciudad que sorpresivamente es invadida de rumanos, de un tipo llamado León Azpilicueta que puede resguardar todo, de la cacería de otro llamado Blager y de un comandante de la policía judicial que se pregunta: <em>¿Por qué a los hombres les cuesta tanto trabajo creer que van a morir?</em> Pero esto que menciono es un resumen simplista que no le hace mérito al libro, es en el tratamiento manejado, en las respiraciones, en esos silencios, en donde vamos a encontrar de qué tratan estas historias.</p>
<p>Así que lo mejor, como en todos los casos, es acercarse a estas letras, dejarse seducir por estas ambientaciones enrarecidas, que se extienden en el tiempo,  mismo en el que sus protagonistas se asumen como una consecuencia imprecisa, como un presente inexorable y  como un futuro incierto.</p>
<p>* <em>La ciudad antes del Alba</em>, recientemente recibió el Premio Regional de Cuento Ciudad de la Paz 2009.</p>

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		<title>Subcomandante Macross: Confesiones de una máscara</title>
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		<pubDate>Sun, 25 Apr 2010 08:21:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>monchie horror</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Textos inéditos]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[
Me encanta tu cabello azul y tu cara de mamona, amo tu cuerpo, tus pantalones negros entallados en tus largas piernas, los lentes británicos azules, esa blusa de calaveritas que compraste en la segunda, miras como si el festín de la vida estuviera fuera de ésta tierra, por eso usas zapatos rosas todo el tiempo. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-2783 aligncenter" src="http://www.literaturalibre.com/wp-content/uploads/2010/04/26219_383926230804_687270804_3927685_5175710_n2.jpg" alt="no" width="576" height="324" /></p>
<p>Me encanta tu cabello azul y tu cara de mamona, amo tu cuerpo, tus pantalones negros entallados en tus largas piernas, los lentes británicos azules, esa blusa de calaveritas que compraste en la segunda, miras como si el festín de la vida estuviera fuera de ésta tierra, por eso usas zapatos rosas todo el tiempo.  Yo nunca quise una chica como tú, pero fuiste mi vecina tantos años que terminé fantaseando contigo, cuando los demás soñaban con una esposa virgen yo quería probar tu lengua perforada.</p>
<p>Una vez estuve en coma, antes de conocerte, mucho antes de que tus rizos tomaran el mando, fue una etapa aburrida de mi vida, podía sentir todo, pero también todo era infinitamente aburrido, no tenía control del tiempo y el espacio era el hueco del que siempre pretendía huir. A veces tenía sueños, no eran apasionados, no intuía siquiera a la locura, eran sueños sencillos: a veces veía la tele en un banquito blanco, la tele tenía dos manchas verdes, eso me hacia llorar, pero entraba mi hermana alegre y cantando con una bolsa D &amp; G pirata. El milenio llegó a su fin cuando al fin pude despertar.</p>
<p>Comenzamos a vivir en un nuevo barrio, mi calle colindaba con la Av.  Apolo 13 y Av. Titanic, frente a mi casa estaba un centro cristiano donde bailaban swing, me picaba los ojos tanto humo de cigarro, decidí viajar en bicicleta casi todo el tiempo mientras trabajaba vendiendo libros piratas para pagarme mi carrera en Derecho. Todo hasta aquí fue más o menos normal, pocos personajes memorables, pero crecí, fue esa tarde que se acabó el verano y llegaron tus papás con un gato atorado en la llanta de la Explorer, no llevabas vestido pero si unos shorts muy pequeños, fue un enamoramiento público, por un momento fui un Tom Sawyer moderno que se atrevió a hablarte esa vez, aunque eras 15 centímetros más alta.</p>
<p>Creciste con el cuerpo de una modelo, por supuesto yo seguí igual, sólo cambiaba de gafas una vez por año, eras tan fancy, yo pretendía merecerte vistiendo como esos tipos de la película de domingo, era bastante nacionalista en ese tiempo, así que llevaba siempre Ketchup y un par extra de ropa interior, era muy puntual para nuestras citas, todo, como se podía esperar, fue un desastre. Por suerte, eras una culera y eso ayudó a mantenerte sola de los 20 a los 25, época en que yo tenía una pandilla de músicos que tocaban afuera del mall, además de una patineta muy provocativa, fui directo a tus senos, tomaste mis dedos, dijiste “algo”, pero no me importó, no lo sabías esa noche, pero yo era un hijo de puta, y además no sabía una mierda de relaciones sentimentales.</p>
<p>Cerré muy bien la casa, puse navajas en la escalera, te mantuve semidesnuda (aunque te mirabas tan fashion), estabas en el camino correcto, con medio ojo salido y los labios azules, tu piel un poco abierta, la cabeza agrietada, pero todo eso no pudo opacar esa dentadura perfecta y tu clítoris rubí. Te veías tan irresistible, una capa de hielo en tu espalda te mantenía blanca, afuera había muchas estrellas y posiblemente varios de tus amigos, pero ese sábado no saldrías de fiesta, era buena hora para conversar, demostrar qué había dentro de cada quien, amaneceríamos el domingo unidos o destrozados, lo único seguro era que por primera vez en mi vida sería unos centímetros más alto que tú.</p>

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		<title>David Carradine</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Mar 2010 22:45:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Zamara González</dc:creator>
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-How do I look?
-You look ready.
 Kill Bill Vol. 2

antes publicado en Blag
Usted se encuentra sentado en una banca en un parque, o en un andén subterráneo de cualquier ciudad, o en el pórtico de una casa que le dicen es suya. Usted se encuentra sentado y de golpe entiende que nadie muere de años. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p style="text-align: right;">-How do I look?<br />
-You look ready.<br />
<strong> Kill Bill Vol. 2</strong></p></blockquote>
<p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-2699 aligncenter" title="Carradine est mort" src="http://www.literaturalibre.com/wp-content/uploads/2010/03/Carradine-est-mort.jpg" alt="Carradine est mort" width="600" /></p>
<div class="referenciar">antes publicado en <a href="http://zamarag.blogspot.com/2009/06/david-carradine.html" target="_blank">Blag</a></div>
<p>Usted se encuentra sentado en una banca en un parque, o en un andén subterráneo de cualquier ciudad, o en el pórtico de una casa que le dicen es suya. Usted se encuentra sentado y de golpe entiende que nadie muere de años. Usted revisa sus manos y repasa, en ese teatro que es la memoria, cada cicatriz. Y así entiende, de golpe, que nadie muere por cúmulo de tiempo. Usted no quiere recordar, ni repasar su vida con imágenes selladas en cada parpadeo. Ya ha comprendido que no morirá bajo las plantas sedientas de Cronos en ese paso austero y preciso que es el andar de los instantes. Dos mil doscientos setenta millones quinientos noventa y dos mil segundos, treinta y siete millones ochocientos cuarenta y tres mil doscientos minutos, seiscientos treinta mil setecientas veinte horas, veintiséis mil doscientos ochenta días, setenta y dos años, ¿y todo para qué?</p>
<p>Usted se desliza sin querer a la recapitulación de su vida. Recuerda su cuna premeditada, inmersa en la obviedad que le condicionaba un objetivo; sus juventudes cíclicas dedicadas a la definición y a la redefinición y a la redefinición de algo que no es usted; su ingenua anidación en eso que llaman la vida en plenitud, la llegada a esa meta que se desdibuja y se deslava como cualquier tinta precaria; el llanto que terminó por ahogarle la credulidad, los huesos que se le trozaron en ese jaloneo de la costumbre y la rutina y el desamparo de lo auténtico; finalmente, el abandono de usted mismo. Y nada de eso, nada en el contenido de esos años, lo ha matado ni lo matará, usted lo sabe. Sabe que nadie muere de años.</p>
<p>Usted se encuentra sentado y se da cuenta de que las personas mueren porque viven la vida, pero la que usted vivió no era la suya. Usted desdeña esa teoría de que se muere un poco a cada respiro. Usted no, no señor. Usted no ha estado muriendo con dignidad, sino que ha estado viviendo erróneamente. Usted es un impostor y la gente más noble, pero también la más perversa o estúpida, le ha llamado actor. Usted ha estado actuando esta vida que no es la suya. Se encuentra sentado al borde de una cama de algún cuarto de hotel y entiende que el telón no le va a caer encima con los años.</p>
<p>Usted se encuentra sentado, ahora se pone de pie y se acerca a la ventana que da al centro de Bangkok en ese cuarto de hotel, observa la calle durante setenta y dos segundos. Desenreda los lazos de las cortinas y las deja caer para que no entre la luz, o al menos eso se dice a sí mismo. Usted se encuentra sentado de nuevo, mira fijamente las cortinas y piensa en todos los telones que han caído entre aplausos, mientras sus manos, con cicatrices que no quiere recordar, anudan despacio uno a uno los lazos de las cortinas. Usted se pone de pie porque sabe que de años no ha de morir.</p>
<div class="photoinfo">foto: <a href="http://www.flickr.com/photos/alainalele/3597659575/" target="_blank"><strong>david carradine est mort</strong></a> por <a title="Link to alainalele's photostream" rel="dc:creator cc:attributionURL" href="http://www.flickr.com/photos/alainalele/"><strong>alainalele</strong></a></div>

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		<title>Mi Educación</title>
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		<pubDate>Thu, 12 Nov 2009 20:40:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gabriel Valtierra</dc:creator>
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		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[desierto]]></category>
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Hace poco me preguntó alguien por mail que si cómo podía tener tanta confianza en mí mismo si no creía en la existencia de Dios. Le contesté que se lo debía a la educación paterna: cuando niños mi padre nos arrojaba al Río Colorado sin más, de a uno por uno y nos obligaba a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="size-full wp-image-2301 aligncenter" title="sonora_desert" src="http://www.literaturalibre.com/wp-content/uploads/2009/11/sonora_desert.jpg" alt="sonora_desert" width="500" height="375" /></p>
<p>Hace poco me preguntó alguien por <em>mail </em>que si cómo podía tener tanta confianza en mí mismo si no creía en la existencia de Dios. Le contesté que se lo debía a la educación paterna: cuando niños mi padre nos arrojaba al Río Colorado sin más, de a uno por uno y nos obligaba a cruzar de orilla a orilla amenazándonos con pistola en mano. Si a la mitad del río mi padre descubría que comenzábamos a ahogarnos, nos gritaba: ¡No se raje! ¡No se raje, cabrón! ¡Dele duro, hijo de su <em>pinchi </em>madre! ¡Dele duro, puto! Mientras mi madre lo acompañaba apretada del brazo y le miraba de forma <em>sui generis</em>.</p>
<p>Varias veces el río me atrapó en sus profundidades obscuras, pero siempre logré superar exitosamente el peligro pues me motivaba la pécora voluptuosa que mi padre había colocado en la otra margen del río para recibirme con una cesta de burritos de machaca con carne de Caborca, frijoles  refritos con manteca y un vaso grande y frío de cerveza. Nunca supe la razón de este entrenamiento o formación, el sentido lo encontré hasta los veintisiete años: de esta experiencia mi padre mataba cuatro pájaros de una pedrada: aprendíamos que podíamos confiar en nosotros mismos; que Dios no existía (pues por más fe que tuviésemos en él en ese entonces nunca bajó a ayudarnos); que a los padres se les debía dejar atrás; y que si luchábamos con coraje, al final de todo nos esperaba una gran recompensa: un guiso delicioso y un coño suculento. De esta manera mi padre me convirtió en un hombre fuerte y obstinado que sabe que no hay de otra más que luchar con furia y desesperación hasta el final por lo que uno quiere pues de otra manera lo único que hacemos es quedarnos braceando como pendejos en el camino. <em>If you’re going to try, go all the way</em>, diría Bukowski.</p>
<p>En el trayecto de este aprendizaje a mi padre se le ahogaron como cuatro hijos. Pero él me explicó más tarde que esto, aunque doloroso, era absolutamente necesario: se morían los que no eran aptos para la vida y permanecían los que la merecían de verdad. Recuerdo que afirmaba: “La vida no te pone pruebas que no puedas superar”. Y tenía razón. Por supuesto que antes de lanzarnos al río nos entrenaba para nadar, porque nos explicaba que tan irresponsable era lanzar a los hijos sin preparación al río, como no aventarlos nunca, esto es algo que nunca olvidé y que se lo daré a mis hijos como toda lección en el caso imposible de conocer a una mujer con dignidad.</p>
<p>Antes de eso, mi padre nos mandó construir un cuadrilátero para lucha libre detrás de uno de sus comercios y contrató para nosotros, como maestros privados, al <em>Baby Love</em> y al Satánico. Esto era un verdadero privilegio, me sentía Richie Rich en aquella época. Entonces, aquél cuadrilátero se llenaba de primos y comenzábamos a partirnos en la madre unos a otros. Perdí muchos de estos encuentros ante el Gordo (+), un primo con un talento nato para las luchas, con él supe muchas veces de la angustia que se siente al ser estrangulado. Una vez que me levantaba todo colorado y sudado y bajaba del <em>ring</em>, mi padre me preguntaba siempre lo mismo: “¿Perdiste?” Y yo le contestaba: “Sí”. Entonces me daba un soplamocos: ¡PAF! Y me preguntaba de nuevo: “¿Perdiste? Se lo estoy preguntando a la parte profunda de tu ser, hijo, ¿perdiste?” De pronto la luz se abría en mi mente y yo le decía: “Pues perdí el combate, pero como me subí al <em>ring</em> y luché con muchas ganas, en el nivel profundo de mi experiencia del ser, no perdí, no perdí absolutamente nada, papá. No fui culón, no fui cobarde”. Mi padre se alegraba enseguida con esta respuesta y me llevaba al Latino Bar, donde me dejaban que les tocara las piernas a las pelanduscas.</p>
<p>Desgraciadamente la vida me enseñó a los veintidós años otra lección: que muchos estaban jugando con otras reglas. Con tanto hijo de riquillo, de narco, de político y burócrata acomodado en el sistema para sobrevivir, teníamos a parásitos que no se habían hecho dignos de la vida, y con un orgullo tan inflado que ni los que luchábamos por las cosas disfrutábamos. No eran dignos ni del aire que respiraban y sin embargo ahí estaban, cobrando enormes sumas en el aparato de gobierno y en las universidades, entronizados en las gubernaturas y en la presidencia de la república, cenando platillos lujosos y lamiendo las mejores <em>pussys </em>o chupando las mejores pichas. Este era mi país y me dolía descubrirlo.</p>
<p>Así que fui con mi padre y me quejé. Yo estaba en crisis. Entonces mi padre me dijo “ponte tu sombrero y tus botas, vamos a ir a ver al Cholo”. Un comentario de mi padre era una orden y no le discutí. Me llevó rumbo a la salida de San Luis Río Colorado y comenzamos a caminar bajo el sol inclemente con destino al Pinacate, donde nos esperaba El Cholo. Moribundos, rentamos un par de perros para cabalgarlos en un paradero pues no nos alcanzaba para caballos, y le dije a mi padre: “¿Nos vamos a ir en perro?” Él me contestó con otra lección: “Ya sea en perro, en caballo, en avión o arriba de una garrapata, lo importante es llegar a tu destino”. Desde entonces no me importa andar en taxi y cuando una mujer me pide carro para quererme, sólo pienso que se trata de una mesalina más de las que tratan de rescatar los comerciales de “<em>Soy enfermera, soy mujer y soy mexicana</em>”.</p>
<p>Llegamos al cráter más alto y les pegamos un tiro en la cabeza a los perros pues habían reventado. Comenzamos a escalar y al final encontramos al cholo debajo de un tejaban a la orilla del agujero fumando marihuana. El cholo se dirigió entonces a mi padre y le dijo:</p>
<p>—¿Traes cigarros? Mi padre le contestó:</p>
<p>—¡En el culo te lo embarro, tiro mecos sin catarro, no te doy cigarros porque no traigo!</p>
<p>—¡Ja, ja, ja! —el Cholo comenzó a reír—. Pasen, pasen, pásenle a la sombrita, los estaba esperando —dijo.</p>
<p>Nos sentamos en cuclillas y mi padre le dijo al Cholo:</p>
<p>—Mi hijo quiere preguntarte algo.</p>
<p>—Simón —dijo el Cholo —ya lo sé, y esta es la neta del planeta: esos <em>batos </em>no tienen verdadera confianza en sí mismos carnal, lo que gozan de orgullo es pura pinche <em>fantasy</em>, quítales la lana, el carro, el puesto y a los putos <em>guaruras </em>y se les caí el cantón. A ti te avientan en la selva <em>bichi </em>y te pelan la piricueta. Ahora regresa a tu pueblo y déjate caer la greña con un artículo y dáselo a Melgoza para lo publique en la <em>Contra</em>&#8230;</p>
<p>Tuve en ese momento una epifanía y recobré el amor propio, porque era digno de él. Comenzamos a descender la cuesta mi padre y yo, cuando oí de nuevo la voz del Cholo:</p>
<p>—¡Carnal!</p>
<p>—Dime mi Cholo.</p>
<p>—Mi cholo.</p>
<p>—¡No mames! ¡El consejo que me ibas a dar!</p>
<p>—¡Ah, sí! Nunca te vuelvas a comparar con mariquitas sin calzones que piden mochadas cuando tienen un puesto. Tú vales mucho y mereces respeto, ¡cuídate a ti mismo!</p>
<p>—Lo haré mi cholo, lo haré.</p>
<p>—Y otra cosa.</p>
<p>—Qué&#8230;</p>
<p>—Nunca olvides que eres hijo de Sonora, no traiciones tu herencia como esos soplapollas. Recuerda que no eres de Baja California ni de Sinaloa ni de la Ciudad de México ni de Jalisco ni de ningún estado patito con el juego de ventajosos y sometidos. Tú eres hijo de la cultura del esfuerzo y sabes meterle el hombro a tus hermanos.</p>
<p>Que nunca se te olvide esto. Y cuando bajé la cuesta pedregosa, desde lejos le encontré al Cholo, cierto parecido con Luis Donaldo Colosio.</p>
<blockquote><p>ADVERTENCIA: Presenta trazas de ficción y/o de cacahuate. No se la tome literalmente. El regionalismo y el colosismo son una figura retórica: el sarcasmo. [Sábado 19 de septiembre—sábado 3 de octubre de 2009].</p></blockquote>
<div class="photoinfo">foto: <strong><a href="http://www.flickr.com/photos/igboo/3374051239/" target="_blank">Twilight in the Sonora Desert</a></strong> de <a title="Link to .Larry Page's photostream" rel="dc:creator cc:attributionURL" href="http://www.flickr.com/photos/igboo/"><strong>.Larry Page</strong></a></div>

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		<pubDate>Mon, 22 Jun 2009 08:16:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Nylsa Martínez Morón</dc:creator>
				<category><![CDATA[Textos inéditos]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[narrativa]]></category>

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		<description><![CDATA[1. El encuentro
Clara hoy no quiere platicar, tiene como suelen decir, el pico cáido. Lo más probable es que no haya descansado suficiente en la noche y muy a fuerzas tenga que sacar la jornada de trabajo. Dicen que lo peor para un ave es dejar de beber agua, se deshidrata y como es el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>1. El encuentro</p>
<p>Clara hoy no quiere platicar, tiene como suelen decir, <em>el pico cáido</em>. Lo más probable es que no haya descansado suficiente en la noche y muy a fuerzas tenga que sacar la jornada de trabajo. Dicen que lo peor para un ave es dejar de beber agua, se deshidrata y como es el caso de las gallinas, inmediatamente dejan de poner huevo. Muy en el fondo han de pensar: “A la chingada con su necesidad de que yo ponga”. Seguro es que jamás me dirá si está sedienta o simplemente  es falta de humor. Así es ella.</p>
<p>            La conocí en los primeros días de trabajo, me llamó la atención ver a un ave escuchando música en su walkman,  de inicio porque no es lo más normal del mundo que tengan esa clase de iniciativas y luego porque hay que recordar que desde inicios de los 90´s, el walkman fue remplazado por otras tecnologías  como los discmans,   hasta llegar a los ipods de nuestros días.</p>
<p>            Debió ser lo que tuvo más a la mano, así que ahí estaba muy movida escuchando: <em>Bonita finca de adobe</em> de Ramón Ayala y sus Bravos del Norte. Me pareció un acto predecible que se deleitara en tales gustos musicales,  mover sus  patas con un ritmo tan hecho a una granja. Hubiera esperado en Clara un gusto más “alternativo”,  era bastante retador el hecho de traer un  walkman, que de seleccionar un ritmo como el  Heavy Metal o Rock Progresivo, la habría convertido inmediatamente en un personaje de cuento.</p>
<p>            Me advirtieron de la dificultad para comunicarse con las aves de corral y me preocupé, por fortuna Clara y su habilidad nata para la interpretación, me ha ayudado a  con las otras de manera que mis mensajes hasta el día de hoy, han llegado claramente (y no porque se llame Clara). </p>
<p>            Como menciono, hoy se ha mantenido distante, muy evasiva. He intentado hacerle conversación, que me diga qué es lo que la tiene tan molesta. Imaginé que podían ser las últimas noticias en la TV,  o que se acercan tiempos electorales y  más que llenarse de esperanza, se aterroriza pensando si puede empeorar su situación. Le he dicho que todo está bien, no creo que tenga un destino diferente al que conoce, pero ella ha configurado en su mente, algo que se suma a la muerte o el cautiverio decretado. Le he propuesto tomarse unos días de descanso, me ha prometido que lo pensará. La dejo sabiendo de antemano que es inútil combatir su muina, esperemos que mejore pronto.</p>

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