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No soy un escritor maldito

BukowskiHace un par de días alguien (no recuerdo su nombre, ni estoy seguro de si era mujer u hombre) me dijo que mi «estilo de vida» le «recordaba» a Bukowski. Lo que yo recuerdo es que encendí un cigarrillo, le dije «ahorita vengo», y después de darle la espalda durante dos pasos giré y le propiné severo puñetazo a la quijada. No sé qué pasó después. Estaba muy borracho. Llevaba tres días bebiendo y acostándome a las once de la mañana. Más tarde, cuando me preguntaron por qué me había enfurecido, si no me gustaba Bukowski, si me creía mejor que él, contesté que no estaba seguro de la razón de mi coraje, cosa que era mentira. Esa misma mañana había leído un artículo en una revista que detesto, sin saber por qué lo hacía, y me causó colitis. El artículo mitificaba un estilo de vida precario y volátil, en el que las drogas y la amenaza de muerte constante se convertían en rubros de heroica decadencia, enmarcado en una prosa de pequeñoburgués nihilismo. El nombre es lo de menos, las referencias sobran. Me pregunté qué chingados sentía el escritor en ese contexto, cuál era la pulsión ingenua que le atraía a un submundo desprovisto de sombras careadas. El autor se mofaba de haber consumido todas las drogas del planeta bajo las fauces de un león, y en su retórica caricaturesca se mofaba también de haberlo hecho «just for the thrill». Cuando me compararon con Bukowski sabía que lo hacían bajo el mismo lente, como si una vida plagada de sombras e impulsos de autodestrucción fuera algo divertido, algo qué llevar con una bandera. «Mírenme, estoy bien pinche jodido, soy su Dios.»

Me caga ser un «escritor maldito». Más bien, me caga que me cataloguen como escritor maldito. No lo soy. Sólo no tengo un pinche peso para comprarme unos tacos ni para pagar un trago en un bar. Tengo que ir con mis amigos (tengo los suficientes, soy afortunado) para comer algo que no sean lentejas y arroz (a veces para comer, a secas), para tomar agua que no sea hervida y para darme un baño con jabón. Sí, tengo un guatote de mota en uno de los cajones del mueble que me prestó mi casero. Sí, fumo todos los días. Todo el día. Sí, estoy fumando en este momento. Pero aquí tengo que cortarle al romanticismo. No me parezco a Bukowski, aunque sea alcohólico y no pueda estar dos días sin mariguana. Mejor dicho, no me parezco a «Bukowski», no tengo nada en común con él. Mi vida no es una montaña rusa. Mi vida es triste. Mi vida es solitaria. Quizá en ese sentido me «parezco» un poco al Bukowski real. Pero esa es una similitud que compartiría con cualquier persona de escasos recursos, sin importar su profesión. El verdadero Bukowski llevó una vida muy jodida, y si explotó su propia imagen para al final morir con un poco de dignidad (si es que la hay siendo ya su propio personaje), asumir que un hígado destrozado y pulmones achicharrados es «chido» me parece más una total falta de razón que cualquier otra cosa. Y no hablemos de falta de respeto. Cosa que de cualquier manera un pequeñoburgués es incapaz de poseer, así como sentido común.

Cuando me mudé a la Ciudad de México venía con esta idea de vivir con poco. No con vivir en un agujero funky ni con alternar una semana de cocaína con una ambición. Sólo vivir con poco. Porque tendría poco, porque nunca he sido bueno para trabajar en oficinas y porque soy un poco inepto para buscar trabajo, para empezar. Mi problema con el dinero no es no tenerlo, sino que cuando tengo me lo gasto en roles de canela, Cheetos, Coca-Cola y cigarros. Me tocó acostumbrarme a tener hambre todo el día, incluso después de comer, y a talonearle a los compas para una cerveza o para el metro. Me acostumbré a caminar a casi cualquier lugar al que tenga que ir, así sean cuatro cuadras o tres delegaciones. A dormir sin cobijas y asediado por mosquitos. A caminar bajo la lluvia tropical sin paraguas ni chamarra. Después conocí a mi casero, que me prestó su chamarra, vi a una amiga que me prestó un paraguas y me regaló media docena de huevos (que he administrado como hicieron mis tatarabuelos y bisabuelos y abuelos alguna vez, en sus respectivas guerras y catástrofes), otra me prestó un sleeping bag, otro me regaló una almohada, y así he sobrevivido. Para un norteño quizá es mala idea pedir un taco de moronga cuando te están invitando la comida, pero el hierro seguramente será útil durante la próxima semana. Por dentro pienso que lo que más me gustaría sería tener una ventana en mi habitación. El baño propio no estaría mal, pero no me parece un problema ahora que vivo en esta casa. Soy pobre, pero la verdad es que no me estoy muriendo de hambre (apenas he adelgazado siete kilos), y tengo un colchón matrimonial dónde dormir. Cuando pienso que quiero unos Cheetos imagino al camarada Sujov, y recuerdo que él pierde el desayuno porque estando enfermo es incapaz de levantarse de la cama y el vigilante lo manda a fregar los pisos del cuartel de superiores. Cuando veo mi frasco que uso como vaso recuerdo que el camarada Sujov comía con una cuchara que fundió en su primer campo de concentración, con arena y aluminio. Ni siquiera tengo que remitirme a la literatura. Solschenizyn habló de una cosa, cruda, dura, en la que la humanidad se desvanece y el individuo se desintegra al servicio de otros, en el que con el paso de los años hay apenas quince minutos en todo el día para uno mismo, para pensar, para imaginar, para recordar. Pero mi propia sangre lo sabe, lo recuerda, y cada vez que empiezo a sentirme triste o solo o miserable recuerdo «esto nunca será Auschwitz, y comparar una desgracia mínima con Auschwitz es aún peor que comparar Kolymá con Auschwitz». La verdad es que vivo bien. Ninguna cámara de gas me amenaza. Mis costillas aún se encuentran lejos de la visibilidad protuberante.

Vivo bien. Hace un mes no pienso en suicidarme.

Vivo bien. Hace un mes no veo el rostro de mi padre.

Pero hace varios días que tengo eso en la cabeza. Eso de ser Bukowskis o Hunter S. Thompsons. Lo que me pregunto es si esos escritores pequeñoburgueses cuyas camisetas blancas de cuello en V que usan como ropa exterior (y que cuestan más que todo mi guardarropa, que no es mucho pero sí bastante más tela que una camiseta) saben lo que es curarse una cruda de crack con agua de la llave. ¿Saben lo que es que su mamá no esté cerca para cocinarles unos chilaquiles y lavarles la ropa después de tres días de coca y whiskey? Sé que no tienen idea, cuando me dicen «wey, o sea, ¿por qué no te compras una crema para los codos?» Porque no me alcanza, idiota. Tampoco para un pinche repelente ni para un puto Raidiolito. O me compro esa chingadera o como una semana lentejas y arroz. Prefiero comer, siendo honesto. Y no, no tengo para la lavandería, por eso mi pantalón tiene una mancha de grasa que cubre toda una pierna. Fue de una vez que tenía treinta pesos y me compré una torta cubana con la que comí cuatro días. Usaba el pantalón como mantel para no manchar mi colchón. Me gusta dormir en un colchón limpio. Me gusta bañarme diario si puedo. Y me gusta comer en una mesa si es posible. Me gusta escribir en un escritorio. Me gusta tomar café en la calle. Prefiero cocinar. No tengo tiradero en mi cuarto. Y no pienso que al limpiar o lavar mi ropa a mano o cocinar le esté dando un putazo al patriarcado en los huevos. Simplemente no me gusta ser un cerdo.

Si me visitaran tal vez se decepcionarían de que pese a que escribo unas cuarenta páginas diarias (de pendejadas) tengo tiempo suficiente para vaciar mi cenicero en la basura y no tener calzones colgando del marco de la puerta. Si hay calcetines es porque estoy esperando a que se sequen. Procuro no tener más de un plato sucio en mi cuarto, y probablemente fue de hoy en la mañana o cuando mucho de anoche. Puedes caminar descalzo, no te preocupes, barrí y trapeé hace dos días. Mis libros están todos juntos en el mismo lugar (sólo tengo seis, pero así tuviera tres mil), y en una esquina del mueble que no tiene cajones encontrarás todos mis utensilios para escribir. La ropa limpia va en un cajón. La sucia en otra. Tiendo mi cama cuando me despierto. La razón por la que no tengo dinero es porque no tengo trabajo, y no tengo porque no me han contestado en ninguno de los mil lugares a los que he enviado mi currículum. Creo que sólo es cuestión de seguir mandando y no perder la paciencia. No me molesta trabajar como cualquier mortal para pagar mi renta y mi comida y mis cigarros, porque, deja te explico, soy cualquier mortal. Que escriba no me hace otra cosa. Que fume un chingo de mariguana no me hace otra cosa. No me considero un genio y creo que la vida me ha dado los golpes suficientes como para entender a la fiesta como un escape al tedio de la cotidianidad, cosa que para mí tiene un valor alto porque no tengo para convertirla en mi rutina. Y la verdad es que tampoco aguanto mucho la fiesta. En algún punto me siento culpable por envenenar un cuerpo que por mi condición ni siquiera tiene muchas esperanzas y que pese a todo al daño que le he hecho sigue entero hasta cierto punto. ¿Morir joven y bello porque sólo vives una vez? ¿Me puede atropellar un conductor pendejo cruzando Insurgentes? En todo caso el Sol estallará y se borrará todo registro de la humanidad en cuatro billones de años, ¿por qué no suicidarnos todos en masa para demostrar que nos vale un chingo de verga el Apocalipsis?  La verdad es que me gusta estar vivo, con todo y rabia y tristeza.

No soy un escritor maldito, amigos del hype y mitificadores de la decadencia. En cuanto pueda tendré mi apartamento para mí solo, con baño y ventana hacia un parque, en el que pueda escuchar el canto de las aves y salir a caminar por las  mañanas. Un lugar que mantendré limpio yo mismo, donde lavaré mi propia ropa y coceré las verduras que comeré con algunas especias y tal vez un trozo de carne de cordero. Donde beberé café por las mañanas y té por las tardes, y donde leeré la literatura realista que me gusta, sin héroes del hedonismo. Y no, no pienso invitarlos por unos mezcales, o cualquiera que sea el trago que esté de moda entonces. Mi pulque me lo tomo solo.

One thought on “No soy un escritor maldito”

  1. Cyril O. Flowers says:

    Yo tengo algunos compromisos, depende mucho del trabajo, pero por lo general mis compromisos son cenas, ir al yoga, reuniones o bien visitas de amigos. Pero me gusta mantenerme ocupada.

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