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Iconoclasta

En medio de la carretera a las afueras de ¨X¨ ciudad… a punto de dar cabida a la aventura, zigzagueando y serpenteando con la velocidad a medias.
La adrenalina y el brillo taciturno producido por luces tenues conjuntan la fórmula de lo primordial para que la vida sea lo que es: un don de métricas que s u b e n… y b a j a n… y b a j a n… y s u b e n… al por mayor. Las hostilidades citadinas quedan encarceladas en los mismísimos límites de sus propios fines. Las resequedades de lo monótono desaparecen en la alborada que propone el viento.
El ir y venir de los carros son dato curioso: un trajín infinito.
Si la mirada es observadora la gente se convierte automáticamente en títeres desenfrenados por alcanzar su destino y el hilo que los sostiene el deseo por llegar a la meta.
A semejanza es curioso auto interrogarse: ¿Hacia dónde se dirigirán todos esos individuos desconocidos? ¿Por qué esa familia se ve tan alegre y sonriente, será que irán por primera vez a un nuevo lugar? ¿Por qué esa otra familia irá tan triste y aburrida, tal vez sea por que algún pariente cercano falleció hace poco tiempo? ¿Por qué esa pareja irá discutiendo, habrá adulterio de por medio? ¿Por qué ese joven irá tan solo y con tanta premura, recogerá alguna herencia? Las impresiones, las interrogantes se incrementan sin tregua, surgen deducciones que para muchos otros tal vez carezcan de importancia alguna, pero el solo hecho de permanecer y brindar el paso y el peso suficiente a la imaginación florecen historias que nunca tendrán una resolución sin final alguno o mejor aún sin certeza absoluta; pero en suma; excitantes son las posibilidades.
Existen ciertas teorías religiosas las cuales proponen que el hombre se encuentra a merced del destino, por lógica predestinado a lo escrito en la suerte que nos envía Dios. Sin caer en polémicas, sería atractivo el conocer de manera anticipada la proyección que nos depara el futuro.
La carretera simboliza un terreno angosto donde todos compartimos en ciertos momentos el rodaje de nuestras aventuras y venideros destinos.

En las afueras de ¨X¨ ciudad cualquiera que fuese ésta por muy pequeña o grande, uno no es el mismo, dejamos atrás una identidad citadina para convertirnos en otra identidad diferente y como buenos camaleones volvemos a recuperarla para posteriormente desalojarnos de ella nuevamente. Cada uno tiene su propia faceta acorde al momento y al cuadro histórico que se viva en el preciso momento. ¡Pictográficamente el asunto no puede ser tan maravilloso o esplendido!
¿Y qué decir del cielo? Si notamos es más puro y apremiante tanto para las pupilas como para los pulmones. El mismo aire/tiempo nos abraza y nos da la bienvenida para cedernos el paso a adentrarnos en sus terrenos. Los poetas comentan que en una ocasión el aire/tiempo cobró vida y se materializó en un ser para conversar con los viajeros. Estos espantados no daban mérito a lo observado y del propio aire/tiempo surgió una voz que exclamó: – No teman, ¡soy yo, el que siempre los acompaña y los cobija!-, los viajeros guardaron la calma y tomaron la palabra para bendecirlo y hacerlo su protector. Por ello es que los viajeros antiguos, modernos y contemporáneos auguran su camino con la ayuda del aire/tiempo.
¡Protegidos son y serán los aventureros/viajeros!
Al paso quedan las porciones de imágenes que se desean fotografiar en la memoria, inclusive de palpar con las propias manos. ¡Acariciar por segundos la tierra del desierto! ¡la aurora del bosque! ¡el elixir y la infinitud del mar!…
Iconoclasta.
Las arterias carreteras son…
cortas o largas las distancias…
el camino es palpable para todos los que nos convertirnos en sus confidentes, tal vez; por primera o Ultima ocasión, (eso uno nunca lo sabe, ni se tiene contemplado dentro de los planes de vida).
En tan perfectos episodios es saludable pronunciar palabras en silencio para ensalzar el espíritu.
Las ventanillas de los autos forman parte de los portales entre el intercambio constante de lo interno y externo y viceversa.
El espacio de lo externo se convierte en algo real, en algo cotidiano durante la travesía. Las ventanillas de los autos mantienen en equilibrio a esos dos mundos horizontales.
¿El rodar constante de los autos agobiará a toda carretera? ¿tendrán tiempo alguno para quejarse? ¿Tendrá si quiera un tiempo definido para descansar y levantarse por lo menos 5 minutos para enderezar la ya tan golpeada y desgastada asfáltica-espalda? El ir y venir de los carros son dato curioso: ¡un trajín infinito! ¡Un infinito trajín! Una escaramuza inacabable…
La vida es lo que es y será lo que será : un don de métricas que s u b e n… y b a j a n… y b a j a n… y s u b e n… al por mayor.
¡Hasta los volantes son objeto curioso!, un objeto con una perfecta simetría circular que nos dirige hacia donde se desea llegar.
Sin caer en polémicas, sería atractivo el conocer de manera anticipada la proyección que nos depara el futuro, aunque la razón fortalece la tela de juicio.
¡Iconoclasta!

One thought on “Iconoclasta”

  1. Germán Jiménez says:

    ¡Hola Carlos!

    La escena de tu artículo cuando el dios de los vientos se personifica para acompañar a los viajeros me recordó una escena de la novela “Azteca” de Gary Jennings. El personaje principal, un azteca de la generación previa a la invasión hispana, sale por la noche a recorrer las calles de Tenochtitlán; repentinamente se encuentra con un hombre muy extraño que le da su bendición (esto da para indagar un poco sobre cómo en cualquier latitud a los hombres nos obsesiona obtener favores de la divinidad…; dejemos para luego la digresión); resulta que era un dios del viento.

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