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Instrucciones para vengarte de un hombre infiel

Saca un brazo, luego el otro, permitiendo que el sostén se caiga al suelo, para enseguida enganchar con los dedos el borde de la tanga y estirar hacia abajo dejando al descubierto tu pubis de mujer, con una delgada línea de vellos, para seguir jalando, hasta que se desprenda de ti el breve triángulo de tela que cae al suelo junto al sostén. Ahora arrodíllate ante tu hombre en señal de respeto. Hónralo. Honra su desnudez, su falo, su presencia. Honra todo lo que él es. Así, aplica harto lubricante en sus genitales. Acto seguido, tus manos, también untadas, deberán amasar y masajear, siempre con suavidad, simultánea y alternativamente, todas las partes de aquel sexo. No pretendas iniciar la clásica masturbación. Se trata, ante todo, de transmitir una estimulación global e informal sin precisión deliberada. De este modo obtendrás rápidamente una erección muy sólida. Al llegar a este punto, agárrate las tetas y apriétatelas una contra otra, dejando un espacio en medio donde él encaje su miembro. Mientras él se ocupa de menear la pelvis adelante y atrás, tú, cada vez que se te acerque a la boca, acaricia la cabeza del falo con la lengua. Sin decir agua va, de sopetón, suéltate las tetas y agarra el pene de la base con una mano, pero sin apretar demasiado. Esa misma mano tiene que ascender y descender siguiendo el ritmo y la velocidad de tus labios bucales, que, húmedos y cerrados, relajados, se deslizan lentamente alrededor del glande. A la otra mano, a la libre, le corresponde acariciar los testículos. No olvides tirar ligeramente de la piel de los testículos hacia abajo. También conviene besar el pene desde su base hasta la punta y, ahí, hacer aletear la lengua, golpeándola con ella.
No lo pienses más y métete el pene en la boca. La felación es impactante y efectiva porque despierta fantasías y temores atávicos. Primeramente está el antagonismo entre tu rostro, el rostro de una mujer, y el falo, el símbolo de la virilidad misma y la parte del cuerpo que parece tener vida propia, una especie de gusano, parásito o tentáculo capaz de disparar una sustancia viscosa. Éste debe entrar poco a poco, milímetro a milímetro, poro a poro debe quedar encerrado en tu garganta, encajado, arropado con tu lengua que lo debe enrollar en espiral. Cuando lo tengas casi todo dentro, alza los ojos hacia el rostro de tu hombre. Comprueba en su expresión facial el placer que le das. Asegúrate de que lo enardece tu mamada.
Recuerda: siempre mantén una mano bien aferrada a la base del pene.
Babea y realiza movimientos de deglución sólo cuando aquellos pelos pubianos parezcan bigotes tuyos. Esto puede desencadenar el reflejo del vómito, ya que estimula los nervios que lo provocan. Domina dicho reflejo metiéndote cada noche, antes de dormir, el mango de tu cepillo de dientes en la garganta. Pero cuidado, ya que corres el riesgo de asfixia si te llevas hasta el límite. Ahora, deja que tu hombre te agarre por los cabellos de la nuca y te guíe, hacia atrás, hacia delante, hacia fuera, hacia dentro, más rápido, más despacio. Oirás sus jadeos, sus gemidos, su olor te impregnará el cerebro. Cada centímetro de su pene estará ensalivado, eyaculará mucosidad uretral conforme se ponga más tieso y gordo. Tendrá un sabor único, sin nombre, sin igual. Sabor a hombre infiel.
Para aquellos que lo ignoren, digamos que esa mucosidad se trata simplemente de una secreción trasparente y pegajosa que aparece en el meato de un pene erecto. Su papel es el de autolubrificar el glande de forma natural, para así facilitar cualquier tipo de penetración.
Justo en el momento menos esperado, sentirás la boca anegada de un líquido viscoso y tibio. Trágatelo todo, no derrames ni una gota, con expresión de goce supremo. La ingestión de semen, que podría considerarse como un símbolo de poder, posesión y autoridad sobre quien da la felación, al transformarse en una aceptación gozosa se vuelve una especie de pseudorgasmo. Algo que tú no harías de no estar dentro del mismo nivel de placer que experimenta tu hombre en la eyaculación, ¿no?
La eyaculación exhibe una verdad innegable, un logro infalsificable, un efecto de validación y una prueba del funcionamiento de la hidráulica del miembro reproductor masculino. Pero a la vez, representa un instante fugaz que fascina e irrita, porque implica un final. La imagen de un chorro de líquido blanco que va a dar a una boca es un icono recurrente en el cine y la publicidad.
De inmediato muerde el glande con dulzura y quédate así durante unos segundos, con los dientes aferrados a la cabeza exaltada. Entretanto disfruta sin pensar, sólo sabiendo que tus incisivos no hieren a tu hombre sino que lo atan a ti. Observa sus ojos quietos, detenidos en los tuyos, y sonríe. Ahora muerde con fuerza, arranca con los dientes un trozo de glande. Sí, tu boca ya es una encarnación del fatídico mito de la vagina dentata.

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